22.3.17

Precisamos Fundar Clubes de la Democracia.

“Las instituciones al final son reglas y patrones de comportamiento que son perpetuados por la gente y deben ser defendidos por la gente. Si la gente abandona el compromiso incondicional a la democracia como la mejor forma de gobierno, si llega a poner la ventaja programática o partidista a corto plazo sobre las reglas más fundamentales del juego democrático, entonces la democracia se pondrá en peligro (Larry Diamond)”.
Desde hace un considerable tiempo, que acopiamos, intelectuales que afirman y reafirman, la premisa principal que sostiene nuestras preocupaciones ciudadanas; el temor cada vez más cierto, que el desinterés, cuando no la bronca, hacia la democracia, nos termine llevando a abandonarla.
EL autor citado, producto de una investigación promocionada por el instituto Berggruen (que estableció el premio anual al filósofo, o al hombre que piensa para brindar una propuesta social innovadora, un millón de dólares como forma de incentivo al ejercicio del pensar con compromiso social) sostiene, tal como recientemente casi todo la academia americana, que lo impensado, es decir que en el sitio occidental, que por antonomasia la democracia se mantuvo pétrea e incólume, devenga en una progresiva autocracia. Volvemos a citar:
“La polarización política -que ha ido aumentando constantemente en los Estados Unidos- facilita esta deriva hacia el abismo autocrático, porque hace de la política un juego de suma cero en el que no hay un terreno común, uniendo los campos opuestos. Por lo tanto cualquier cosa puede ser justificada en la búsqueda de la victoria. Durante el último siglo, esta dinámica de polarización que erosiona las reglas del juego democrático, paralizando el proceso democrático y preparando el camino para un hombre fuerte, ha sido un escenario común para el fracaso de la democracia. Si hay una lección que se extiende a través de la historia y los datos de la opinión pública, es que nada debe darse por sentado. La forma más laxa y más fatal de la arrogancia intelectual es asumir que lo que ha sido seguirá siendo, simplemente porque tiene una larga historia. La legitimidad no es más que un conjunto de creencias y valores individuales. Si no trabajamos para renovar esas creencias y valores con cada generación, incluso las democracias establecidas desde hace mucho tiempo podrían estar en riesgo.”
Imaginemos por un instante que ingresamos a un lugar. No importa sí este es un bar, una plaza, un parque o una oficina. Desaprendámonos también de la idea de que vamos allí por un chocolate con churros o por un refresco. Menos aún para alentar, brincando o cantando hipnóticamente, en una suerte de danza chamánica, para que x cantidad de personas corriendo detrás de una pelota la quieran hacer chocar ante una red, sea que las miremos desde las tribunas o por intermedio de un televisor. Imaginemos también que nadie nos dice que hacer. Imaginemos que en tal espacio, podemos hacer todo lo que haríamos en cualquier otro lugar, como nada de ello. Imaginemos que hablamos como lo hacemos con nuestros familiares y amigos, o como no lo hacemos con ellos, porque no nos da en gana o porque no los tenemos. Imaginemos que compartimos experiencias, contactos, datos, lo que fuere. Imaginemos que en este club, las camisetas, los colores y las actividades, son las que cada uno de nosotros propone, pero, que a su vez, y casi como con cierto destino profético, o filosófico en su sentido lato y no disciplinar, escapamos del cientificismo del principio de no contradicción y también, desde esa individualidad, formamos un colectivo, una corporación, una constelación de intereses que puede interceder, novedosa y positivamente (tampoco desde su acepción desde la ciencia) en nuestra sociedad, incluyendo lo cultural como lo político. Imaginemos que establecemos, de común acuerdo de forma o manera, llegamos a ese acuerdo. Sea por votación, sí es de esta manera, en qué condiciones votan los que votan y sí todos lo harían de la misma manera, por consenso, deliberativamente o como surja o lo pensemos tras la experiencia de que lo público, sea lo nuestro y lo nuestro de cada uno de los que integremos tal club, sin que por ello nos sintamos dueños absolutos o socios privilegiados del mismo.
Este tipo de organizaciones que fomenten el agrupamiento por el agrupamiento mismo, que estén propiciadas por el estado, como por organizaciones privadas, a los efectos de que se trabaje en este espíritu democrático, es lo que hará que continuemos o no, con la democracia formal que tenemos y que aún no la podemos llevar a cabo al ciento por ciento en la realidad.
La constitución de una sociedad democrática, a las pruebas nos remitimos, no se forja mediante leyes, normas o actos repetitivos de lo electoral, que terminan transformando a estos acontecimientos simbólicos en ritos carentes de sentido y tan extensos en sus significantes que terminan banalizados y difuminados en su razón de ser.
Propiciar estos espacios, que denominados clubes de lo democrático, que tengan además fines recreativos, sociales, de esparcimiento, culturales, es una forma de tomar la decisión colectiva que tenemos que pensar en tomar, sí es que pretendemos seguir considerándonos democráticos.
De lo contrario, las formas que el poder adoptará para el ejercicio cotidiano del mismo, estará cada vez más lejos de nuestra mirada, y con ello de nuestra posibilidad de decir algo, por más que esto mismo no signifique mucho más que la expresión misma de una queja o un reclamo.
Formar parte de un club, es ser parte, estar dentro de algo que nos contiene, por más que esa contención no sea más que cuatro paredes que nos quiten la sensación de desamparo. La democracia, como ejes cruciales, por fuera del ámbito teórico, necesita hacer ingresar a los que están fuera de sus promesas, de las expectativas que genera, para más luego, el hacerlos partícipe de las decisiones colectivas o que en nombre de un conjunto se puedan tomar.
Tal como un club, desde el cuál, desatamos nuestro accionar o nuestras pasiones, y del que por la representación de su comisión directiva, o de jugadores que llevan los colores del mismo y se disputan una partida en un campo de juego, sentimos que el resultante tuvo que ver con nuestro grito, aliento o mirada silente, a la democracia le urge que nos constituyamos en estos pequeños reductos en donde aprendamos de todo lo que ella nos promete sin cumplirnos, para resignificarla en su sentido, para volver a dotarla de elementos que tal vez estén perdidos, pero que tengan que ver con nuestro día a día cotidiano, con nuestra manifestación vivencial de nuestra razón de seres sociales y humanos.
Todos y cada uno de los partidos políticos existentes, podrían habilitar una sala, salón, reducto o incluso funcionar más cómo clubes democráticos que como las expresiones vaciadas de sentido en las que se han transformado, trastocando el concepto por el que nacieron a la vida pública. Lo que se pretende en los clubes democráticos, es la posibilidad de discutir de política, generándola incluso, más allá de la ideología, algo que por definición está imposibilitado el hacerlo desde los partidos. Sí bien sería una cuestión de principios de otra índole o naturaleza el determinar sí la forma hace al contenido o lo determina, lo cierto es que una de las grandes problemáticas de las democracias, es la multiplicación, ad infinitum, de supuestos partidos políticos que representan algo distinto, cuando en verdad funcionan como máscaras que ocultan intereses inconfesables de sectores o facciones, que en vez de pensar en lo general o colectivo que podría defender un interés democrático, sólo hacen uso de este mero formalismo para deformar la democracia.
Clubes democráticos, que fortalezcan, tal ver redefiniendo porque no la razón de ser de los partidos, para crear o consolidar comportamientos democráticos, que luego, recién y no como en la actualidad, sean ratificados en las urnas o mediante sistemas consensuales o de votaciones que expresen y manifiesten con mayor ecuanimidad las distintas tensiones que se suceden en las plazas o ciudades públicas en las que Occidente sostiene su consideración democrática.



 


12.3.17

Réquiem Democrático.


“La voz política democrática no es la voz de la tierra, de la patria y ni siquiera la de una clase (dirigente, media u obrera), sino la respuesta a una apertura, a un espaciamiento del lugar político en las calles y en las plazas. Es una sonoridad que mide un espacio, que permite a la calle comprender la amplitud de su propio estrépito, captar su propia polifonía disonante: siempre una voz más, una más, serie infinita… la democracia no es lo que puebla el vacío, no es la fuente que dispensaría una nueva significación del mundo. La democracia es más bien el espacio vacío para una convocatoria; una plaza en que hacer resonar la voz política, cada voz singular y todas las voces. La democracia no debe saturar las plazas [places], sino que debe hacer espacio [place] para los que aún no tienen espacio [place] propio, es decir, para los que todavía no tienen una voz política, sino sólo un timbre, tonos, líneas rítmicas, una presencia, una realidad”. (Ferrari, F. “Comunidad y  Nihilismo en torno al pensamiento de Jean-Luc Nancy”. Revista Pléyade. 2011).
En este apreciado ensayo, acerca de las disquisiciones del francés Nancy, quién acertadamente explicitó que “El `68 fue el primer  surgimiento de la exigencia de la reinvención de la democracia en Europa, fuera de las comparaciones-siempre rentables a los gobiernos-con los totalitarismos…fue paradójicamente el momento más crítico a la construcción democrática, y simultáneamente, la situación propicia para el despliegue de un pensamiento político capaz de redefinir y forzar a la democracia de un sentido liberador (Pennisi, A. “Pasiones Políticas. Pág86. Quadrata. Buenos Aires. 2013) podemos encontrar sin duda alguna, el sentido que más acertadamente podríamos usar para auscultar nuestra realidad política y social en Occidente.
Escuchar, pasa a ser la acción más democrática que podamos realizar. No casualmente, el discurso político, sobre todo, cuando la democracia se imponía sobre los regímenes totalitarios, asomaba como la poción mágica, o el antibiótico proverbial que nos despojara de todos los males sociales, económicos ("Con la democracia se come, se educa y se cura”. Alfonsín, R. Al asumir la Presidencia de la Argentina, que recuperaba la democracia tras los “Años de Plomo”, en su discurso inaugural ante el congreso. 1983).
Sin embargo, la incomprensión de fondo del fenómeno democrático, de aquello que realmente significa y comprende (es decir su condición de garantía para que ocurran otras cosas, a partir de la democracia misma, los que nos dice Ferrari, la plaza a ser ocupada) llevó a los políticos, a la banalidad del discurso democrático. Los espacios públicos se fueron despoblando, dado que no querían escuchar aquellos discursos que otrora enamoraban y que un tiempo después desencantaban y hasta exasperaban e inducían a la violencia. La política, gobernada o dominada por quiénes no habían accedido a la misma por el espíritu democrático (es decir, sí por su formalidad y legalidad, pero no por su legitimidad, de escuchar a los asistentes a las plazas, para que las vuelvan a llenar) creyó que se trataba de una cuestión metodológica. Aún hoy, y gracias a la profundidad de la revolución digital, que presta su marasmo para dificultar el pensamiento, ese significante extenso de la “política” que se apodero de lo democrático, trabaja sobre los medios de comunicación, sobre las plataformas, sobre las redes, sobre la virtualidad, los mecanismos y las aplicaciones. Los grandes gurués de lo democrático, no por casualidad son publicitas, eximios hombres del marketing, especialistas en conexiones inmediatas y en idas y vueltas, etéreos, como efímeros, que llevan confusamente el sonido impersonal de una computador en funcionamiento.
La legalidad, es decir la democracia formal, que aún se sigue sosteniendo por temor a que no exista nada mejor(aquí se percibe la importancia de Nancy, cuando afirma que el `68 no fue una crítica a la democracia, que a contrario sensu, o en forma lineal, pidiera por los totalitarismos, en esa falacia en que muchos caen, de pensar, por ponerlo en términos individuales, que porque alguien casado en segundas nupcias, al criticar a su pareja actual, estaría pensando o deseando regresar con la primera) suena a réquiem, a preludio de algo que no durará mucho más.
Previamente, como reacción, estertórea quizá, ciertas plazas, es decir distintos distritos occidentales, elevaron al principio gritos, quejidos, como manifestaciones y expresiones en reclamo hacia lo democrático. La voz política se transformó en una exigencia potente, que luego se fue desvaneciendo y que en muchos lugares, devino en silente. La no participación, la indiferencia, o la resistencia desde la anulación del logos, también fue parte de la voz política que circunda las plazas que la democracia libera, para que sean ocupadas. Pero sobre todo, para aquellos que además de la legalidad, se acendren en la legitimidad política, de escrutar las voces, de escucharlas, de darles significancia, sentido, finalidad, testimonio, participación, puedan constituirse en los políticos que la política y la democracia necesitan.
De lo contrario, sí es que nuestras plazas, o espacios públicos, no encuentran a estos representantes que se dispongan a escuchar, compartir, interpretar y comulgar con estas voces (a las que la democracia les asegura la posibilidad que asistan, sin que sea esto mismo sea ni mucho más ni mucho menos) estos políticos que auguren la posibilidad de la posdemocracia , de profundizarla, de redefinirla, de resignificarla, no faltará quien proponga que como nadie asiste a esos espacios públicos, y los que lo hacen no encuentran más que mentiras o promesas incumplibles, no es necesario que salgamos de nuestros hogares, de nuestros ordenadores (que cada vez más nos ordenarán), garantizándonos para ello que en un pequeña parcela de tierra, podríamos fundar, o refundar nuestro país, nuestro Estado-Nación, en donde, cualquier cosa que nos ocurra, hasta las lógicas e inevitables, será siempre, responsabilidad o culpa, del otro, del vecino, a quién siempre le encontraremos alguna veta, sobre todo estética, como par estigmatizarlo.

Este es el debate que nos estamos dando en Occidente. A esto suena la democracia actual. Veremos, o mejor dicho, escucharemos, sí las voces serán comprendidas, sí es que nosotros las queremos decir en tal destino, o sí callamos (que no es solo  por lo silente, sino también el callar podría ser repetir las consignas autómatas, pensadas hegemónicamente por facciones que no quieren escuchar, siquiera que las plazas sean espacios públicos a llenar) para que el grito, sea de dolor o de alegría, se confunda con la partida del alma del cuerpo, de la libertad que el sometido rehúsa a utilizar, perdiendo su condición de humano, de ser social y de animal político.   

27.2.17

Acción de amparo para evitar la obligatoriedad del voto.


Al ciudadano de a pie, a esos que dicen que dedican sus horas y su energía los políticos encaramados en el poder, lo único que les llega a interesar de la cuestión electoral (hablamos de los que medianamente tienen resuelto el aspecto de la supervivencia y no entran en la cosificación de la que son víctimas los clientes cautivos de la prebenda y la dádiva electoral) es ir a votar la menor cantidad de veces posible, en un año, que en esta temática, amenaza a ser de proporciones desastrosas, para aquel que no tiene el conchabo, la libada asegurada o no está prendido o ensortijado en el útero estatal. La política, en códigos democráticos, transformada en una cuestión de fe, no puede, ni debe, por esta condición de que existe, básicamente porque no cumple lo que promete, de lo contrario dejaría de existir, hará lo imposible, para que el deseo ciudadano, este lo más lejos posible de ser cumplimentado. La obligatoriedad del voto, es la forma que el sistema ha encontrado para validarse, de lo contrario, sí fuese optativo, y en esa opción, en caso de que asistieran, de los aptos para votar, menos del 50% de los habilitados, tendría la ciudadanía un elemento más, y decisorio, como para manifestarse ante sus políticos que llevan a cabo políticas no democráticas, en nombre de las mismas. De allí que el voto sea obligatorio, para sacarle, quitarle, birlarle una posibilidad más al hombre en el llano, sin poder político, para que se organice y reclame, en su no participación una política más democrática. La saturación de elecciones, es otra forma, otra manera, de alejar, aún más, a la política de la ciudadanía, de la gente, del pueblo. De seguir teniéndola cautiva, sometida entre cuatros paredes, violada, ultrajada y guasqueada, por los mismos de siempre, que la azotan con sus lechazos furibundos, para que represente el horror, de una criminalidad en continúo, anatematizada  en su normalidad, vulgarizada en su manifestación cotidiana, de que así nomás tiene que ser, porque lo dado y lo establecido, no se discute, por nuestras kantianas limitaciones como para dimensionar la cuestión en sí misma, o la posibilidad de que sean otros los que dispongan, de distintas maneras los senderos de la cosa pública. Que nos hagan asistir, hasta el cansancio, obligados, para optar, entre los candidatos, que ni siquiera fueron elegidos por el ejercicio de una democracia interna de los partidos (esta es otra forma que tienen de decirnos que la ley es para ser cumplida por los que no tenemos poder), es la muestra cabal de que habitamos en una “Sodoma y Gomorra” institucional, en donde todas las vejaciones están socialmente aceptadas, comunicacionalmente gacetilleadas, siempre y cuando exista un cuarto oscuro, una apertura de sesiones y los actos protocolares en donde se rinde homenaje a los hombres del pasado.
En tanto y cuanto la profecía bíblica no se repita, no existiría complicación alguna, como para seguir como estamos, simulando que aún creemos en lo que dejamos de creer, aplaudiendo, complícemente las ignominias a las que someten a nuestros hermanos en nombre de un orden que no es tal y de una justicia que no es para nada ecuánime.
La voz del pueblo, es la voz de dios. Sí entonces, y acuerdo al Génesis, “Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego desde los cielos; destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra” no es menos probable que los ciudadanos, aquellos que pretenden dejar de estar bajo la férula de dictadorcillos de poca monta, trajeados de democráticos,  puedan hacer llover amparos, ante el único poder institucional, que no elige a sus miembros por el simulacro democrático, para declarar la inconstitucionalidad de la obligatoriedad del voto.
A los efectos de contribuir con esta acción salvífica, y más allá, incluso de que esto pueda ser considerado, mesiánico, no es ni más ni menos, que el armarnos, en el sentido literal, en el mejor de los sentidos, en defensa de nuestra institucionalidad democrática.

Por supuesto que estamos mucho más allá de resultados, lo que se pretende es precisamente salvar a nuestro sistema democrático, que está en riesgo, insistimos, no producto de intenciones expresas en contra, sino por el constante e irresponsable, uso y abuso que se hace del mismo, por parte de una dirigencia, en su mayoría estulta que no entiende ni comprende que la única manera de sostener y consolidar el sistema del que son los mayores beneficiados, es el de cumplimentando sus reglas elementales, tanto las formales como las que detentan el espíritu mismo de lo democrático. 

14.2.17

Democralandia o Democraburgo.


David Pears, en su estudio académico acerca del Filósofo Wittgenstein,  analizaba lo siguiente en lo concerniente a desde que lugar pensamos o nos piensa el lenguaje: “El lenguaje determina nuestra visión de la realidad, porque vemos las cosas a través de él. El lenguaje no tiene una esencia común o, en caso de que la tenga, es mínima y no explica las conexiones entre sus diversas formas. Tales conexiones son de naturaleza muy huidiza, algo así como los rostros pertenecientes a los miembros de una misma familia. Las teorías filosóficas son un producto de la imaginación y nos ofrecen visiones simples, aunque profundas en apariencia, que nos ciegan para la complejidad efectiva del lenguaje. El límite del lenguaje no constituye una frontera regular y continua susceptible de ser reconocida como infranqueable una vez detectada, se trata, por el contrario, de un laberinto de fronteras que solo puede ser entendido por quienes han sentido alguna vez la urgencia de cruzarlas y, además, lo han intentado, viéndose forzados a retroceder”.

¿No valdría acaso, un solo día de libertad, a cambio de tus meses y años tristes, detrás de ese escritorio de madera barata, o de esa aspiración de salir del paro, donde con vergüenza y pánico, imaginas secretamente una vida diferente, cuando los gritos del ordenador, del que te ordena, o del orden que se agrupa, mediante la insensatez de la técnica, de esa razón instrumental que te prohíbe ver el desierto real en donde afincamos, terminan por ponerte al borde del abismo de sentir que siquiera el placer te da placer?
¿No cambiarías, toda tu lamentable jornada, plagada de alimentos que no son tales, meras capsulas que te instan a que sigas abonando la cuota de energía para el engranaje que te tiene sujeto, para seguir tolerando los gritos, quejas, y pensamientos absurdos, y la ordinariez de los comentarios sexuales, exitistas y materiales, atiborradas de  frases comunes, cuando no  recurrentes a la figura fálica, o en el mejor de los casos, defendiendo a ultranza posiciones de minorías, en acciones insensatas y extremas, por unos minutos de paz cerebral, donde ni las deudas, ni los compromisos, ni las obligaciones, repriman tus deseos más profundos?.
¿No dejarías escapar ese pájaro en mano, que vale un poquito más que la canasta familiar, que el sueldo mínimo y las obligaciones; que te sentencia a lamer incansablemente esas botas, nacaradas de opulencia e injusticia, por tener la oportunidad de al menos, mirar pasar, el vuelo libertario de blancas palomas que surquen una tarde de abril?.
¿Por qué esperas, que las parcas disfrazadas de accidente, de muerte natural o de crimen, te lleven a la profundidad del tártaro, sin siquiera haber nadado por las olas, frescas y refulgentes, de un manantial azulado que te permita respirar oxígeno y pureza?.
¿Por qué te conformas, con estar debajo del árbol, a la sombra del suceso, aguardando con la espalda gacha, el lazo que te hunda aún más en el estiércol, sí puedes escalar infinitamente, a cualquier atalaya, donde la mirada se te nuble ante tanta altura, allí donde las cimas cortan las nubes y detienen el viento?.
¿Por qué confías en que la suerte, cambiara la modorra y el desagradable transcurrir de tu fétida rutina, sí a la vuelta de tu barrio, en la esquina de tu pueblo, en el centro de tu ciudad, en el corazón de tu país, en el infinito de la comunicación, tu grito, tu reclamo, tu necesidad, tus ganas, pueden tener un eco mucho más aceptado y certero, que la endebles e incertidumbre de un giro pernicioso del destino?
¿Quién te ha metido en la cabeza, que sólo los poderosos, los que mandan, los que tienen, con algunos billetes, son capaces de despojarte de todo, sin siquiera la posibilidad de dejarte ser, o de pensar, que límite es una palabra escrita, para ser corrida, una y otra vez, por el pulso de tu corazón, por la fantasía de una imagen, y por la realidad de una convicción, que está dentro tuyo, presta para ganarse terreno, allí donde la quieras poner?
¿Cuántas preguntas más te tengo que hacer, cuántas horas más permanecerás en la alcoba, creyendo que desde la almohada te surcará la felicidad, cuantos minutos más dilapidarás, manejándote como un autómata, escuchando a los mismos de siempre que te dicen querer, y en vez de apoyarte, te tiran a menos?
¿Cuántas palabras más,  frases que suenan lindo, mensajes que llegan por vaya uno a saber que vía, seguirás recibiendo, y que por la causalidad, que te la quieren presentar como casualidad, expresan lo mismo, que venís sintiendo desde hace tiempo, para romper esas cadenas de humo, con el simple hálito de tu espíritu, que clama y muere, por ese soplido libertario que no te terminas de animar a lanzar?
¿A cuántas causas más, ridículas, paranoicas y grandilocuentes, le prestarás tu energía, aquellas que te inventan demonios de carne inalcanzables, y te presentan escenarios de guerra intergalácticas, mientras la carroña de tu carne, se te pudre lentamente, dejando pasar tu verdadero menester, el que te implora un tiempo para tu orden, tu conexión con tu esencia más querida y cercana, que pese a estar dentro, te la muestran tan lejana y distante?.
Construir o fundar una tierra, con una episteme democrática, con un logos democrático, que finalmente devenga en un corpus democrático, tiene que ver con lo que hagamos cada uno de lo que creamos o queramos esto, en la dinámica cotidiana de nuestras vidas.
El límite que cada uno de nosotros, logremos pulverizar, será la línea sucesoria, el hilo de Ariadna, la continuidad jurídica de este estado pensado para que el ser humano sea tal.
Cada cuál sabrá por donde comenzar, en que momento fijar el límite de eso que nos quiere trascender como propio y que por inercia lo queremos ver como tal o natural y que no es más que la imposición de lo que dejamos de ser.
Fundar este espacio, que anida en la transgresión de lo que no podríamos realizar, es mucho más sencillo de lo limitante que impone el poder transmitirlo, por intermedio de estas palabras, y de los significantes y como se los interprete.
Decir no, a determinada acción, o ratificarla con un sí, o hesitar en el no se. Lo que fuere, pero que sea, y no de lo mismo, pues en esa elección, radicará precisamente la ley principal de Democralandia o Democraburgo.
Habitar espacios, que estén más allá de un límite geográfico, histórico, gnoseológico, o de cualquier índole, en donde nos acostumbremos a decidir, será precisamente cuando conquistemos, fundemos o lleguemos a tales tierras en donde respiremos los principios democráticos que están cautivos desde el momento mismo en que nos dijeron que eran de acceso libre y gratuito.
Cuando le tomemos el gusto, forme parte de nuestro acervo cultural, el decidir, en todo, no solo fundaremos tal lugar, sino que produciremos el viaje convergente de que todo eso que parece múltiple y disperso se unifique, se concentre, para que amalgamado y uno, se constituya en una tierra pródiga y tórrida de libertad, tan plena e impoluta que nadie con apetencias de dictadorzuelo, tendrá más remedio que redimirse, que reconvertirse o huir a esa parte de la historia, que la tendremos como contraejemplo, contraguía, o para tener en claro, desde que fétido muladar proveníamos como para fundar esta tierra prometida, este edén terrenal, la tierra sin mal, o aquel cielo del más allá en un acá ni mágico, ni salvífico, simplemente más ajustado a lo que somos  y dejamos de ser, producto de lo que decidamos.    


11.1.17

Gracias por la censura o de la prohibición de hablar críticamente de la democracia.


“La confusión hace su trabajo y gana espacio. La proliferación es directamente proporcional a la indiferenciación.” Escribe Claudia Schvartz en el prólogo a unos textos de Artaud que en un pasaje dedica su escrito de la siguiente manera: “Que la muralla espesa de lo oculto se hunda de una vez sobre todos esos impotentes charlatanes que consumen su vida en admoniciones y vanas amenazas, sobre esos revolucionarios que no revolucionan nada”. Nosotros deberíamos cambiar la caracterización de revolucionarios, por la de comunicadores demócratas que no democratizan nada, censurando las críticas constructivas que se le realizan a la democracia, para mejorarla, consolidarla, enaltecerla y jerarquizarla. Sabemos, con precisión meridiana, todas y cada una de las textualidades enviadas a directores y propietarios de medios de comunicación, que con excusas varias (disímiles, risibles, traviesas, caricaturescas, pero todas increíbles) deciden enviar al buzón de elementos no deseados o al borrador de su bandeja de correo electrónico, estas perspectivas con el tan loable fin, de contribuir, mediante crítica constructiva a mejorar el sistema de convivencia política y social instaurado. Entrar en el terreno de las habladurías, sería el de exponer todas y cada una de las razones, por las cuáles, esos que dicen trabajar en el servicio público de la comunicación, siquiera han reparado en poner en una triste carta de lectores, alguno de los cientos de textos, que por otra parte y no casualmente, se publican en espacios de comunicación que sí podrían jactarse de democráticos y que ayudan a la consolidación del sistema por tanto. Además la cuestión no pasa aquí, porque se publiquen o no, ciertas líneas, los garabatos absurdos de algún pretensioso. De lo que aquí se trata es de determinar, cuán democrático son aquellos que tienen una porción de poder, y que no necesariamente son elegidos por el acto simbólico de lo democrático, mediante una elección, para ser senadores o diputados. En el caso de que usted sea un lector, a secas, sin tener relación alguna con un medio de comunicación, difícilmente tenga acceso a este, como a otros documentos. La masividad que supuestamente ocurre en la instantaneidad de las redes sociales y los tan afamados fenómenos de viralización, son en verdad, otro engaño, para que los medios, comuniquen cada vez, menos responsable, como democráticamente, contenidos. Caro lector, sí a usted, esto le llega, es por la intermediación de un director o propietario de medio, a quién se le envía esto tanto a su correo profesional como personal. Hace años que venimos trabajando, con cierto eco, sobre todo fronteras afuera de la Argentina, para mejorar lo democrático, desde una perspectiva de crítica constructiva. No nos cansamos de seguir enviándoles, a muchos de los que jamás publican o publicaran algo, de lo que humildemente decimos. Ellos se escudan y se escudarán, como ya expresamos en sinrazones de las más absurdas e insólitas, probablemente, algunos de ellos, siquiera sepan, porque no publicaron alguna vez, algunos de los tantos textos enviados.  
Esta es nuestra tarea democrática, el considerar esta problemática, como general, nunca personal (siquiera conocemos, ni pretendemos hacerlo sus rostros), e imbuida en una falta de concientización democrática. Nosotros también trabajamos para nuestros censuradores,  pues creemos, que sí no modificamos nuestra democracia, la misma naufragará, irremediablemente, y no habrá camarote que escape a la invasión de las aguas. No lo decimos nosotros, como todas las cosas, ya la dijeron, hasta probablemente de una mejor forma, otros que nos precedieron, a quiénes también censuraron, y que por suerte, encontraron, a demócratas, como usted que publicara este texto, lo que a renglón seguido se lee:
“La libertad de pensamiento se confunde en los espíritus con la libertad de publicar, que no es lo  mismo. Jamás se impidió a nadie pensar como quisiera. Sería difícil; a menos que se tengan aparatos para rastrear el pensamiento en los cerebros. Se llegará a eso seguramente, pero todavía no es del todo así y no deseamos ese descubrimiento…Pero en el uso más ordinario en que se dice libertad de pensar, se quiere decir libertad de publicar. La libertad de publicar que es una parte esencial de la libertad del espíritu, se encuentra hoy, severamente restringida y también suprimida de hecho. Hay gente que les gusta publicar, que solo piensan para escribir y que solo escriben para publicar. Ellos se aventuran entonces en el espacio político. Aquí se perfila el conflicto.
La política, obligada falsificar todos los valores que el espíritu tiene por misión controlar, admite todas las falsificaciones o todas las reticencias que le convienen, que estén de acuerdo con ella y rechaza incluso violentamente, o prohíbe a todas las que no lo son. La política consiste en la voluntad de conquista y de conservación del poder; exige en consecuencia, una acción de coacción o de ilusión sobre los espíritus, que son la materia de todo poder.

Necesariamente, todo poder piensa en impedir la publicación de cosas que no convienen a su ejercicio. Se empeña en eso al máximo. El espíritu político termina siempre por obligar a falsificar. Introduce en la circulación, en el comercio, la falsa moneda intelectual; introduce nociones históricas falsificadas; construye razonamientos aparentes; en suma, se permite todo lo que necesita para conservar su autoridad, que es llamada, no sé por qué, moral.”(Valéry, P. La libertad del espíritu. Leviatán. Buenos Aires.2005. Pág.48) 


6.1.17

De la Democracia Deliberativa a la Democracia Desiderativa.

En los frecuentes análisis y estudios, que desde distintos campos y saberes se realizan, acerca de la democracia, tanto como objeto social, como sujeto colectivo que nos envuelve y define, uno de los menos frecuentados por los distintos especialistas, y con ello, menos difundido por los medios de comunicación, es el de la democracia deliberativa. Sí bien la misma, surge como complementariedad de la democracia representativa clásica y de acuerdo a sus más notables investigadores, induce a un retorno a las primeras fuentes (las griegas) o nos dirige a las experiencias democráticas más concelebradas (cantones suizos), de todas maneras,  en cierta medida, va al choque o a la confrontación con el sistema de mayorías, claro y nato, en que no pocas veces se reduce a la democracia representativa tradicional (o incluso sus variaciones, las que por ejemplo, destacan, promueven o avalan la confrontación democrática, siempre por instauración de mayorías, o las que alientan, una lógica más consensual o de relación dialéctica, que más temprano que tarde se define en sus contradicciones por una síntesis sometida a voto). Autores como Habermas, Rawls y Nino, son paradigmáticos de este resumen de constructivismo epistemológico como lo llamo el jurista Argentino (file:///C:/Users/Notebook/Downloads/nino-carlos-santiago-0.pdf ), que apunta a una suerte de dotación de valores, de recarga de conceptos (con la finalidad de que esto, transformará para bien a la sociedad), a la simple ratificatoria estipulada por voto, obligatorio o condicionado, en la que para muchos ha caído, por peso propio o empujada por la inoperancia de su clase dirigente, la democracia representativa de nuestros últimos tiempos.  Sin embargo y más allá de ampliar los conceptos de tan interesante propuesta, lo más destacable, sin duda, es el nuevo esfuerzo, por dotar a un sistema que nos tiene cautivos, encantados, seducidos, sometidos, como abrevados y sintetizados, bajo su único poder, casi omnímodo como omnisciente; su valor desiderativo.
Postulados, sostenidos por fragores argumentales y por extensos campos de conceptos explicados, caerán, finalmente, en el ámbito emocional, en donde impacta de lleno, la fuerza contundentes de lo democrático, la expectativa que genera en todos y cada uno de las que la vivencian, pese a que la estén padeciendo (esta es la explicación, porque sobre sobre todo los sectores marginales, pobres y desahuciados no demuestren su rechazo a lo que objetiva como diariamente los perjudica como lo democrático) tiene como única razón que la democracia en definitiva es ni más ni menos que una cuestión de fe, un dogma que se defiende más que con el corazón, con el deseo (promovido, tal vez, psicológicamente por una pulsión de vida) de que todo vaya bien o mejor.
Sin embargo, la democracia deliberativa, que acusa a los que no abonan en tales consideraciones, en condenarla a cierta indiferencia comunicacional como académica, merecería ser aún más desarrollada, por quiénes se dedican a trabajarla o estudiarla:
“La visión de democracia deliberativa que promulgamos, la que en parte se construye a partir de Habermas y se complementa con la doctrina de Nino, se define como el conjunto de axiomas, principios y reglas que rigen y delinean el proceso por medio del cual un grupo de personas libres, iguales y racionales participan de manera imparcial en la toma colectiva de las decisiones que habrán de afectarles, previo el desarrollo de un proceso argumentativo llevado a cabo en un foro público institucionalizado o no, provisto de una adecuada y suficiente información y limitado por un marco temporal no definitivo...La democracia deliberativa necesita para su funcionamiento de la participación activa de todos los ciudadanos en la toma de las decisiones que habrán de afectarles; sin embargo difiere de esta forma de democracia en que la participación ciudadana es un elemento necesario, más no suficiente para su puesta en marcha. De tal manera, que es imprescindible para la democracia deliberativa que el ciudadano no solamente manifieste su voluntad mediante el voto directo, el referéndum o la revocatoria del mandato, sino que exprese públicamente y con anterioridad al momento de la toma de decisiones, los motivos por los cuales adopta una determinada decisión política, argumentando concienzudamente frente a los demás conciudadanos y replicando a las justificaciones dadas por los otros en un foro público al que asiste en condiciones de libertad e igualdad…La democracia deliberativa, se encamina también a tornar más deliberativos y racionales los espacios institucionales para la toma de decisiones, como propugna por crear nuevos escenarios para la discusión y el debate, al tiempo que pretende sustentar la toma de decisiones gubernamentales en las necesidades y soluciones surgidas a partir de las deliberaciones adelantadas de manera no institucional por los ciudadanos colectivamente organizados” (Yebrail, Haddad Linero, La democracia deliberativa. Perspectiva crítica).
Carlos Santiago Nino, parte de dos supuestos, en donde uno, el correcto o el indicado, es según el autor de donde debe partir la democracia deliberativa, para construirla desde tal base.
Existen dos tipos de teorías democráticas: La primera es donde los intereses de las personas son inalterables y la democracia tiene como función una solución al conflicto de intereses. La regla de la mayoría juega el papel de sacrificar (en el nombre de la solución de conflictos) los intereses personales.  En la segunda de las teorías, y la correcta o acertada es que los intereses de las personas pueden ser transformados y la función de la democracia es transformar dichos intereses con base en valores morales o principios justificatorios últimos.  La regla de la mayoría no sacrifica sino que transforma los intereses.
Las críticas que se realizan a la dimensión de la democracia deliberativa, están en sintonía, a la confrontación o complementariedad, de la que precisamente surge esta, es decir, que le responden, desde una continuidad dialógica en el supuesto debate dado acerca de las posibilidades de lo democrático, aceptando o tomando el postulado o la objeción planteada por lo deliberativo.
Veamos sino la siguiente crítica expresada ya en los propios términos que de desprenden del título del autor Julio Montero “La concepción de la democracia deliberativa de C. Nino: ¿Populismo moral o elitismo epistemológico?”: El rasgo que comparten todas las concepciones de la democracia deliberativa desarrolladas en los últimos años es el de rechazar la idea de que la vida política se reduce a una mera confrontación entre grupos rivales que persiguen intereses facciosos o sectoriales y el de sostener la necesidad de alcanzar el punto de vista del bien común mediante un debate público en el que todos los ciudadanos tengan el mismo derecho de exponer y defender propuestas surgidas de sus propias necesidades. Puesto que este ideal político requiere que todos los ciudadanos dispongan de las condiciones necesarias para hacer valer sus puntos de vista en pie de igualdad, quienes defienden una concepción de la democracia deliberativa se enfrentan a un serio dilema que puede formularse de este modo: por un lado, en una democracia deliberativa la totalidad de las normas públicas deben ser resultado de una deliberación entre personas iguales orientada a establecer el bien común, pero, por el otro, para que esta deliberación tenga lugar es necesaria la existencia previa de ciertos derechos que regulen la relación entre los ciudadanos, al menos en los aspectos concernientes al debate democrático. Dicho con otras palabras, el problema es que, si en una democracia deliberativa una norma sólo adquiere validez luego de un debate público razonado en el que la totalidad de las cuestiones estén abiertas a la discusión, no se puede explicar la legitimidad de los derechos sobre los que supuestamente se sostiene la deliberación democrática (file:///C:/Users/Notebook/Downloads/la-concepcin-de-la-democracia-deliberativa-de-c-nino--populismo-moral-o-elitismo-epistemolgico-0.pdf )
La democracia, sin embargo, sólo puede ser entendida en los términos expresados como deseo, defendida como una cuestión de fe y sacralizada en su versatilidad de que asimila todo en cuanto lo rechaza. Referencia y diferencia, unicidad y multiplicidad, la inversión de lo metodológico de lo general a lo particular y todo y cada uno de los axiomas, como de las razones fundadas como infundadas que se quieran proponer, caerán rendidas ante la noción desiderativa de lo democrático.
La democracia es expectativa. La democracia no puede ser plenamente concretada, dado que en tal caso se transformaría automáticamente, en un absolutismo totalitario. En nuestra modernidad, el sujeto de la democracia, es el individuo. Así ocurre desde la composición de los contratos sociales, que unificaron todas y cada una de las expectativas de los suscribientes (expresando medularmente lo filosófico, saldando la aporía de lo uno y lo múltiple) en una voluntad mayor o estado, que mediante una representatividad, administra o ejerce ese poder que ha sido previamente legado. Extendiendo y más luego, renovando las expectativas, cada cierto tiempo, llamando a sufragio, a elecciones, a todos y cada uno de los contratistas, para que elijan a quiénes lo representen en la administración de esa cesión de derechos cívicos y políticos.
La democracia debe fundamentarse, o estar fundada, en la condición estadística en la que se circunscriba el individuo. Esto es, asumir la realidad para a partir de ella construir la expectativa que es su razón de ser. De lo contrario, en caso de continuar, generando expectativas ante la mera convocatoria de elecciones, para renovar representantes, la legitimidad del sistema siempre estará riesgosamente en cuestión, pudiendo alguna vez, un grupo de hombres considerar el retorno a algún tipo de absolutismo.
La sujeción de lo democrático a la condición en la que este sumido una determinada cantidad de hombres, garantizará que la expectativa que por regla natural es su razón de ser, no sea siempre una abstracción, sino que este supeditada a un resultado, a un determinado logro, concreto y específico.
Lo democrático no perdería su razón dinámica de generar expectativas, pero la misma no nadaría en el inmenso océano de la abstracción. Al disponer como eje representativo de lo democrático, como sujeto histórico, a la condición en la que está sumido el hombre, y no a su nominalidad estaríamos logrando una modificación sustancial e inusitada. Sin embargo, todo el andamiaje político continuaría con sus estructuras, sea partidocráticas, representadas por el sujeto político. Que deberán eso sí, plantear a la comunidad que pretenden representar, las formas y maneras, de cómo lograran el cometido que les impele la nueva definición de la democracia, es decir bajo qué proyectos y propuestas, lograrán reducir el número de pobres (tal como eje principal) en sus respectivas comunidades, para subsiguientemente proponer en todos y cada uno de los campos, en que el colectivo ciudadano, vea o considere amenazada, su plan de vida (básicamente sus derechos humanos, a educarse, trabajar, divertirse), sus planteos que serán sometidos a la consideración pública en elecciones, tal como hasta ahora, pero con una modificación nodal y sustancial, que es la planteada de cambiar el sujeto de lo democrático, instaurar el voto compensatorio (http://www.editorialrove.com/index.php/biblioteca-menu/no-ficcion/ensayos-menu/1045-redefinicion-del-contrato-social-voto-compensatorio ) y gestar la democracia desiderativa.



4.1.17

El poshumanismo producto del maridaje entre la posverdad y la posdemocracia.


Expresa muy pedagógicamente Juan Carlos Monedero: “El uso del prefijo «post» en las ciencias sociales suele responder a tres razones: prudencia, impotencia o ánimo ideológico. Prudencia, cuando se verifica que un hecho difumina sus contornos, incorpora matices y anuncia novedades sin perder totalmente su condición original. Impotencia, cuando se carece de la capacidad de identificar si lo viejo se ha marchado y lo nuevo ya ha llegado, algo relacionado con la turbulencia de la época y la dificultad del análisis para llegar al núcleo de lo que se quiere definir o para proponer alternativas. Y ánimo ideológico, cuando se quiere distraer la atención para rebajar un potencial conflicto explicando que los cambios son inevitables o no tan relevantes, o bien, en una dirección contraria, cuando se quiere dejar claro que algo que era positivo se ha perdido y conviene recuperarlo para el bien de la colectividad. Los post suelen estar llenos de memoria y de subjetividad” (http://nuso.org/articulo/posdemocracia-frente-al-pesimismo-de-la-nostalgia-el-optimismo-de-la-desobediencia/ )
Este uso si se quiere abusivo del prefijo, para conceptualizar términos, con historias recientes, nos direcciona a un campo en donde la realidad en la que estamos viviendo, no solamente no la podemos dimensionar sin la distancia necesaria, sino que presumimos que eso indeterminado, indefinido o incierto puede, casi por fuerza intuitiva lo arriesgamos, tener características disruptivas, instancias aporeticas o zonas de bifurcación en donde, o sucederá una cosa o la otra, pero, necesariamente, la disyuntiva se resolverá.
Una de las tantas variables que definen nuestra actualidad, es la medida del éxito que nos entronizan desde los medios de comunicación, desde tal atalaya u olimpo en que ciertos semidioses determinan muchas de nuestros sucesos cotidianos, se apuntó al término posverdad como concepto del año, de acuerdo a la razón que esgrimieron, en base a un cálculo aritmético, proporcionado por las estadísticas de la red, en relación al aumento, exponencial, de un año a otro, en su uso en el distrito del lenguaje y por ende en el andamiaje de la comunicación.
La posdemocracia  tiene un origen más académico ya que  proviene del autor Colin Crouch con su libro cuyo título acuña precisamente el neologismo. En el siguiente y pedagógico resumen del texto podemos obtener una síntesis nodal: “Durante la posdemocracia sobreviven prácticamente todos los elementos formales de la democracia, lo cual es compatible con la complejidad de un periodo “pos”. No obstante, debemos esperar una cierta erosión a largo plazo, a medida que, hastiados y desilusionados nos alejamos cada vez más de nuestro concepto máximo de democracia. También debemos esperar la desaparición de algunos apoyos fundamentales a la democracia y por tanto un retorno todavía más pronunciado  a  algunas de las situaciones características del periodo predemocrático, retorno cuya responsabilidad es atribuible a la globalización de los intereses empresariales y a la fragmentación del resto de la población.”  (Polsci Noob: https://reflexionessociales.wordpress.com/2010/09/22/libroposdemocracia-de-colin-crouch/)
A diferencia de lo que considera el autor, no creemos que el habitar un proceso posdemocrático nos traslade, o devuelva, o retorne a una situación predemocrática. Consideramos que sucederá, precisamente lo contrario, de allí que hablamos de una suerte de maridaje, de hermanamiento, de sincretismo, o síntesis con la posverdad, a la que podríamos definir de acuerdo a la siguiente consideración: Post-truth (posverdad): Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Esta es la palabra del año para el Diccionario Oxford, que ha constatado un incremento en su uso “en el contexto del referéndum británico sobre la Unión Europea y las elecciones presidenciales en Estados Unidos”, hasta convertirse en un término habitual en los análisis políticos. (Jaime Rubio Hancock. http://verne.elpais.com/verne/2016/11/16/articulo/1479308638_931299.html )
La posdemocracia ha construido, bolsones, archipielielagos de excepción, guetos, extensiones amplísimas de poshumanos a los que creemos (en un uso de la posverdad) como si fuesen iguales en derechos y posibilidades, pero que sin embargo en la realidad son completamente desvalidos en su propia condición de sujetos. Nosotros, insistimos en nuestra posverdad, los creemos prójimos, o próximos o asequibles a nuestro género humano, sin embargo, mediante nuestra posdemocracia los hemos transformados en los residuos necesarios, para extender nuestro ser en el mundo. En sus faltas, en sus carencias, nosotros podemos observar, sentir y percibir nuestros logros, validarlos y legitimarlos, darles sentido a nuestras vidas en la posmodernidad que nos arremete con sus excesos y provocaciones. El desafío consumista-existencial de no poder tenerlo todo, lo hemos resuelto generando quiénes no pueden tenerlo nada.
La poshumanidad, puede ser visible y palpable, en la dificultad, y porque no ascetismo que propondría alejarse de la posverdad que inocula y establece como vara la posdemocracia; Escuchar a quién tenga como objetivo desde hace años, solamente sobrevivir, o hacer sobrevivir a sus hijos, requerirá, prácticamente de conocer previamente el dialecto en el que se comunican, en una suerte de argot callejero en donde la saliva debe ser ahorrada para prorrogar la segura victoria de la inanición. Estos seres a los que perversamente, se los sigue considerando iguales, en el caso de que sean estudiados por valores estándares de la cientificidad, guardarían más relación con el eslabón perdido, que con quién posee otras preocupaciones más allá de comer y no estamos hablando de aspectos estéticos, de los cuáles, el solo plantearlos ya  ganaríamos la connotación de además de crueles, ostentar en grado sumo el mal gusto y blandirlo para acomodar un par de letras.
En este festival del “más allá” que denota en definitiva el prefijo post, posible o probablemente y por sobre todo en relación a la crueldad que significa que convivamos con cientos de miles o de millones de semi-seres, a los que por acción u omisión los condenamos a esa situación, no sería solamente literario el pensar que tal vez, seamos el más allá de generaciones anteriores, de las que nosotros seríamos el resultante o una parte de ese resultante. En esa hipótesis, imposible de probar, tal vez, estemos recreando o viviendo, el infierno o el lugar de castigo, de penalidad espiritual, de seres preexistentes, de quiénes han hecho las cosas tan mal (que seríamos nosotros en una suerte de vida anterior, o pasada, siguiendo con esta hipótesis incomprobable, pero verosímil) condenados a habitar un más allá, una suerte de posvida, en donde de maduro caería la necesidad de creernos y mentirnos en posverdades, organizarnos en posdemocracias y por sobre todo, hacer valer nuestra malicia, nuestra mal conformación o adopción de acciones humanas nefastas para haber generado, aumentado y mantenido nuestros niveles de poshumanos para el sostenimiento de nuestros privilegios y prerrogativas que se nutren de la sangre, del sudor y de las lágrimas de los humanos a los que hemos condenado a su actual condición de post o de más allá de lo humano, dado que de tantas carencias a los que los sometemos, ya no lo pueden ser.