2.5.18

La filosofía es Ñandutí o del arte de tejer, hilados como palabras.





La filosofía como creación. La definición conceptual de filosofía ha sido inquietud de diversos filósofos a lo largo de la historia, dejando como resultado innumerables concepciones en diferentes contextos y épocas. Cada concepción permite darle un enfoque de acuerdo a la definición que se tenga, no existe una respuesta única y una definición exacta de lo que es filosofía, cada filósofo la caracteriza de acuerdo a sus presupuestos teóricos; es por ello que uno de los principales debates y discusiones tradicionales del ámbito filosófico es su definición. Es pertinente dedicar un espacio para conceptualizar el término filosofía. Para el presente trabajo se asume la perspectiva de Deleuze y Guattari (1993), quienes afirman que “la filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos […] crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía. El concepto remite al filósofo como aquel que lo tiene en potencia, o que tiene su poder a su competencia, porque tiene que ser creado” (pp. 8 - 11) Es decir, la tarea del filósofo es examinar, validar o invalidar los conceptos, pero su labor no termina allí, también es crear sus propios conceptos e innovar en la creación de éstos, establecer un sistema para analizar su tiempo y su cultura; por medio del concepto se analizan los acontecimientos. El filósofo no sólo se ocupa del pensar y del entendimiento, sino también de los aspectos de las diversas dimensiones del ser humano.
La filosofía no es estática, por el contrario es dinámica, se dedica a los problemas que son necesariamente cambiantes de acuerdo a la época y contexto, siendo la filosofía por medio de la creación de conceptos una actividad vital cercana al mundo, pues los conceptos no se tienen como un objeto de colección obsoleto sino que sirven en un aquí y un ahora.
La filosofía por medio de la creación de conceptos se conecta con lo creativo, lo sensible y lo crítico: con lo creativo ya que la creación es la dimensión de un pensar diferente, pues se edifican conceptos que traen consigo nuevas y diversas posibilidades de ver el mundo; con lo sensible porque desde la creación del concepto se piensan los problemas tangibles los cuales deben ser percibidos a partir de lo vivo, de lo exterior, y se requiere sensibilidad para responder a ellos; con lo crítico ya que por medio de la definición existe una mirada para observar el mundo, preguntarse por él, analizarlo, y encontrar parámetros para relacionarse con la vida. El concepto es para el filósofo como el lienzo para el artista o la melodía para el músico, el filósofo se expresa en el concepto, es su obra de arte, es su quehacer.
La creación de conceptos articula y crea conexiones con otros conceptos que se convierten en absoluto y al mismo tiempo en relativo; intenta ser universal, ser un todo y, simultáneamente, hace parte de lo particular, de lo fragmentado, de una historia. La filosofía como creación de conceptos busca encontrar nuevas maneras de pensar que conducen a nuevas maneras de relacionarse, ver, entender y escuchar el mundo. Con ello se generan encuentros para vivir otras experiencias. La creación de conceptos permite la crítica y al mismo tiempo la creatividad, es decir:“Los filósofos se pueden clasificar en edificadores (creadores) y sísmicos (críticos); en los dos casos los conceptos se convierten en movimiento y vehiculizan la creación y la crítica; la creación deviene de la crítica y la crítica deviene de la creación” (Pulido-Cortés, 2009, p. 96)-La creación de conceptos se convierte en una nueva posibilidad, un acto particular y no una designación que limita la sensibilidad y la experiencia propia, no es un concepto dado, tampoco se impone, sino que es el reflejo de un acontecimiento. “Los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o más bien crearlos, y nada serían sin la firma de quienes los crean” (Deleuze & Guattari, 1997, p. 11). El concepto no está hecho sino que es una invención del filósofo que se conecta con la realidad, una experiencia que convierte los conceptos en temporales y no en universales, es así como los conceptos no son dogmáticos, ni una imposición. La filosofía se encuentra con la creación, pues este encuentro permite construir nuevos pensamientos que fabrican el concepto para repensar constantemente los acontecimientos del mundo (Por Liliana Andrea Mariño Díaz).
En Paraguay, expresión acabada de lo más auténtico de lo latinoamericano, según cuenta la leyenda y atestigua la historia que no cede en el presente el “Ñandutí” no sólo es una peculiar técnica de tejido, sino que la misma, se imbrico, es un resultante de la complexión, del sincretismo de la cultura de dos mundos que no en tantas oportunidades, generaron o devinieron en estas maravillas a observar y que nos observan.
Aquí empieza la relación, íntima entre filosofía y ñandutí. No solo que ambas prácticas, o ejercicios, se producen como tales, producto del maridaje cultural citado, sino que toman características específicas, ni bien se consustancian con lo que, desde estas tierras podemos pensar, para luego tejer, con palabras eso que pensamos, es decir filosofando desde nuestro lugar en el mundo, tal como la tejedora lo hace en referencia a la araña que dejo estampado su paso entre árboles, sin preocuparse en ser vista o no por el fenómeno humano.
Este es el punto de partida que presentamos no sólo para indagar la posibilidad de una filosofía latinoamericana, como ya la vienen trabajando con símbolos tomados de nuestra madre tierra, como el colibrí tal como en Europa se tomó a la Lechuza para vincularla con la filosofía, y por intermedio de métodos como el analéctico profesados por enormes como Dussel o Cerutti, sino que, la urdiembre con la que se nos presenta la supervivencia del “Ñandutí” nos habla a las claras, que debe ser el blasón, el punto de partida de como sostener lo democrático, por intermedio de ese tejer, en este caso, palabra y logos.
Tal como saben, los del arte del tejido que se referencia en el producido de la araña, tras la guerra grande, que Paraguay padeció, rescató o logró que sobreviviera, una de las tantas que hasta entonces, conocía los misterios del Ñandutí.
La oclusión de la política, que es la guerra, la supresión del logos, por poco fulmina el tejer, no solo hilados, sino también palabras, es decir, lo político mismo como tal.
Debemos quiénes nos dedicamos a lo teórico, como lo práctico, tanto de la filosofía como de la política, tener o aumentar nuestros saberes en el hilar.
El Ñandutí es un punto de partida obligado para los que pretendemos pensar lo político y a partir de ello, crear o construir un tejido social que tal como el de la araña,  sea sólido como dinámico, y de un alto valor estético como cultural por su concepción justa y ecuánime.

14.4.18

Los misiles que salen desde Tiqqun.


El término que dio origen a una publicación francesa,  es la transcripción afrancesada del vocablo de origen hebreo Tikún Olam, un concepto de uso frecuente en el judaísmo tradicional empleado en la tradición cabalística y mesiánica, que significa (todo al mismo tiempo) reparación, restitución y redención, y que recuperan en gran parte, y entre otras, la concepción judía de la justicia social. Tiqqun es la reverberación de un Partido Imaginario que, partiendo del lugar en el que se encuentra, de su posición, emplea o persigue el proceso de polarización ética, de asunción diferenciada de formas de vida. Este proceso no es otro que el Tiqqun. Es el devenir real, el devenir práctico del mundo; el proceso de revelación de toda cosa como práctica, es decir, ocupando su espacio en sus límites, en su significación inmanente. El Tiqqun es que cada acto, cada conducta, cada enunciado están dotados de sentido, en tanto que suceso, se inscribe a sí mismo en su metafísica propia, en su comunidad, en su partido. Esto mismo es un disparo, de este no lugar real, o imaginario en que se constituye esta metrópoli de espíritus, donde la capacidad más destacable no es la del ataque o la del disparo, sino su contrario, que no puede ser alcanzada por ninguna bala, misil o armamento real, como tampoco por ninguna disposición absolutista o dictatorial que encierre, encarcele o suprima, mediante la coacción o la indiferencia, los vocablos de quiénes pretendemos una humanidad mejor, desandando un camino o varios, para ello.
Mientras una masa ingente aún se sigue preguntando porque en la figura, cada vez más ficticia del estado nación de cada uno de los países en crisis, sobre todo aquellos en donde los pobres y marginales, en su gran mayoría y estructuralmente, nacen, viven y huyen de sus geografías para irse a otros sitios en donde el mismo sistema funcionaría (sin ellos claro, esta, que son conminados a archipiélagos de excepción), otros, estudiamos una repuesta integral, abarcadora e inclusiva.
Hasta ahora, cuando se ha dado algún efecto al derecho de autodeterminación y allí donde se le ha permitido tener efectos, en los siglos XIX y XX, llevó o habría llevado a la formación de estados compuestos por una sola nacionalidad (es decir, gente hablando el mismo idioma) y a la disolución de estados compuestos por diversas nacionalidades, pero solo como consecuencia de la libre elección de aquellos con derecho a participar en el plebiscito. La formación de estados que comprendieran a todos los miembros de un grupo nacional, sería el resultado del ejercicio del derecho de autodeterminación, no su propósito. Si algunos miembros de una nación se sienten más felices siendo políticamente independientes que formando parte de un estado compuesto por todos los miembros del mismo grupo lingüístico, por supuesto, se puede tratar de cambiar sus ideas políticas mediante persuasión, para atraerlos al principio de nacionalidad, según el cual todos los miembros del mismo grupo lingüístico deberían formar un solo estado independiente. Sin embargo, si se busca determinar su destino político contra su voluntad, apelando a un supuesto derecho superior de la nación, se viola el derecho de autodeterminación no menos efectivamente que practicando cualquier otra forma de opresión.
Esta misma autodeterminación de pertenencia, debería ser pragmáticamente instalada para las formas de gobierno actuales. Sobre todo en aquellas democracias en crisis, que bien podrían retornar al sistema monárquico (claro que lo más común sería al revés, sobre todo sectores de izquierdas o republicanos que creen no serlo, por estar dentro de un sistema monárquico, aunque más no lo fuese, este mismo, casi eminentemente simbólico. Pero la idea intelectual es probar siempre caminos inexplorados o no corrientes). Es decir, se debería establecer una consulta popular sencilla y fácilmente practicable, para que de tanto en tanto, la ciudadanía ratifique o rectifique su sistema democrático o que pueda ser consultado, por ejemplo sí desea retornar o tener por primera vez una monarquía que lo gobierne.
Tal como expresamos, las categorías de la filosofía política para continuar determinando sistema de gobiernos como los que toleramos, no hacen más que contribuir a la confusión que otorga galardones a las estrellas del mundo académico intelectual que lucran con la misma, enfangando lo que debería ser una profusa dedicación teórica para tener un sistema mejor, en una discusión bizantina con autores fallecidos que perviven en el memorial de esas bibliotecas a los que sólo acuden estos, obligando a sus educandos a revivirlos, bajo lecturas soporíferamente obligatorias.
La democracia como definición conceptual debe ser revisada, redefinida y reconvertida. Esto mismo lo hacemos, desde el precedente de “Tiqqun” desde su principio de justicia social y de su existencia, imaginaria, fantasmal como perteneciente al campo de lo inconsciente. A las líneas, que son las de la naturaleza,  que no imponen líneas rectas o figuras totalitarias como el número.
Desde el partido Tiqqun, de este distrito, desde donde usted lee, proponemos lo siguiente:
Democracia paso a ser lo electoral, la elección. Pero el rito en sí mismo, el traslado del plano real, con parada en el imaginario y destino actual al simbólico. El costo, es que hemos banalizado la acción de elegir, dado que ni votando, ni en la gimnasia democrática a la que nos hemos acostumbrado, elegimos, solamente, repetimos, vana y vacuamente, el ritual que nada tiene que ver ni con decisiones comunitarias o por ende con políticas públicas.
Existen cientos de trabajos que destacan, casi como experiencias cotidianas, referidas a las múltiples causas  por las que eligiendo, y valga la redundancia mediante elecciones a nuestros representantes, dejamos de elegir, tal vez, el que concite un mayor grado de uniformidad de explicaciones es que habiéndolo supeditado todo a una elección, como ciudadanos, hemos abandonado y nos hemos preocupado muy poco por ello, o lo hemos hecho exprofeso, la posibilidad de elegir. Nos empezó a dar igual, nos la sudaba, que al fin de cuentas los elegidos no eligieran nada concerniente  a lo público, es decir a lo político, que además fuesen siempre los mismos, constituyéndose en grupo, clase o facción, que se granjearan ganancias siderales de las que no podrían haber alcanzado mediante cualquier otro medio laboral, que finalmente, asistiéramos casi, en desgano, o en una suerte de eutanasia progresiva, a sostener lo democrático, cómo idea, como abstracción, como paraguas protector de ciertos comportamientos, bajo el ritual de elecciones que no eligen nada.
 La ruptura de la armonía deviene finalmente, como en una cinta de Moebius, en un lugar anterior, que parecería el mismo, pero que sin embargo, no lo es. Para dejarlo en claro, todo aquello que beneficiaba y que constituyó, esa misma constitución fue el primer beneficio, a la clase política, a la facción de representadores, ahora empieza a perjudicarlo en grado sumo. Las elecciones que no eligen, que no definen política, ni nada, sino que simplemente se realizan como simbología diletante de aspiraciones fetichistas y que antes beneficiaban a esos pocos, constituidos en políticos, ahora amenaza con devorarlos, con llevárselos puestos.
Podríamos dar muchísimos ejemplos, en cada aldea que se precie de democrática existirá alguna referencia que hable acerca de la dificultad de contar los votos, de resolver la elección misma, o que esta simple operación o traducción matemática no se manifieste en la realidad. En el país Americano de mayor tradición democrática, no gobierna quién obtuviera la mayor cantidad de voluntades para conducir los destinos de tal país. En el resto del continente, por la aparatosidad en que transformaron lo electoral, por la pobreza que lo democrático no sólo no redujo sino que acrecentó, las elecciones se constituyen en festivales orgiásticos del uso al pobre, al marginal, la cosificación de las necesidades más básicas se cuentan una a una, para ver que facción ha juntado al menos una más que la otra para hacerse con el botín del gobierno.
 Europa tampoco escapa a la problematización de lo electoral en lo democrático en términos de haberla convertido en tal fetiche. El dispositivo que hubieron de encontrar, llamado democracia participativa o directa, cae como réplica, indubitablemente.
Independientemente de la cantidad de veces que se vote, no pasa por esa cantidad de veces de votar, ni de los términos de la votación, el que podamos elegir, cuestiones políticas. Esto es precisamente el eje de los debates actuales que se dan por los distintos referéndums en el viejo continente.
Aproximase, como respuesta, que va tomando fuerza, desde lo teórico, para lo que se multiplican encuentros, foros, en donde personalidades de reconocida trayectoria internacional, empiezan a dar el visto bueno a que se incorpore (otros dicen se sustituya) el azar, la suerte, el sorteo, para que mediante tal ucase, tal designio de la diosa fortuna, constituyamos a nuestros representantes políticos, podamos resolver la gran cuestión de sí verdaderamente elegimos en política, haciendo interceder, expresa y acabadamente al azar.
Tal vez una democracia en donde la suerte elija (en términos académicos demarquía o estococracia), por sobre el condicionamiento del pobre que por su pobreza que la política no ayudó a mitigar tampoco elige, por sobre el ciudadano que timado por el sistema electoral que  tampoco elige, haciéndolo creer que sí, finalmente podamos valorar no sólo la posibilidad de elegir, sino lo democrático, que es una elección, pero por sobre todo, mucho más que ella misma.


22.3.18

El pago a Caronte o la prueba, atávica, de la corruptibilidad democrática.



El barquero, al que había que pagar (con un óbolo materializado en moneda) para ser conducido, una vez muerto, al Hades, cobra una repercusión tardía, merced a que es producto del fenómeno democrático Griego. La aristocracia, tenía a Hypnos o a Thanatos, no necesitaban demostrar, mediante una moneda en el rostro, que algo más tenían que comprar, una vez terminado sus días en la tierra. Dante populariza a Caronte, que, resultante mitológico de lo democrático, hubo de instalar que más allá de la vida, se necesitaba, al menos un bien (la moneda) para llegar al responso final. Producto de la cultura medieval, el autor de la divina comedia, en pleno contexto de lo que se conocería como ventas de indulgencias o “simonía”, hace gala de su genialidad al dar visibilidad a Caronte, quién bien podría ser el representante fidedigno, de nuestra democracia occidental actual, del empresario de turno, corruptor como corruptible, el Odebrecht en América, el Scarano del Vaticano o cualquier apellido en las diversas aldeas de occidente que quedaron y quedan como emblemas de la relación, tanto irresoluta como inabordable entre política, poder, corrupción y democracia.
Caronte, poseía conceptualmente la misión de guía. Se trataba de un “Psicopompo”, término que proviene del griego psychopompós, que se compone de psyche “alma”, y pompós “el que conduce o guía”. Un ser que custodia el viaje de las almas que abandonan el mundo de los vivos.
En la mayoría de las culturas estudiadas, este rol siempre tuvo una significación como una significancia, rutilante.
Desde los chamanes o conocedores de los secretos del más allá, hasta los actuales analistas que ordenan nuestro inconsciente, o nos sugieren como ordenarlo, siempre esta relación, como todas en donde se entrecruzan posiciones desemejantes, se definen por la propia tensión de poder en la que se desenvuelven.
Para que estas no finalizaran violentamente (la raíz de la violencia es que tiene escasa posibilidad de intercambio o de traducción,  termina más pronto o más rápido), surge el dominio de lo político, en cuanto a una temporalidad, nueva, diferente, como armónica y apacible.
Tras diversas formas o manifestaciones a los que se abocó en su transitar público, el humano, la democracia se constituyó como la representante de lo más justo y ecuánime de la política, que a su vez, era la forma más elegante  de resolver las tensiones de poder.
El precio a cobrarse debía ser tanto alto, como a su vez, oculto o solapado. La democracia debía ser, o parecer, para la gran mayoría, en la medida exacta que sólo prometiera esto, como para no cumplirlo, generando un nuevo circuito de tensión, en esta instancia de lo “democrático”.
Repasemos. Así como la democracia, surgió como resultante de lo político, que a su vez, era un subproducto del poder (del chamán que decía tener relación con el más allá, con la divinidad, del gobernante que decía que debía estar en tal sitial, por la razón que fuere, que en última como primera instancia, siempre la sostenía mediante el dominio o predominio de la fuerza) para que las tensiones, lógicas y naturales, no terminaran tan rápido (es decir tan violentamente), el antídoto o la institucionalidad de la era democrática en la que estamos suscriptos, padece de un juego de tensiones, con sus propios categoriales.
Dado que la democracia propone como telos, como finalidad, un imposible, da rienda suelta a una conceptualización histérica. Todos sabemos que no cumplirá nada de lo que promete, pero en tal pacto tácito, jugamos, tanto víctimas como victimarios, a desentendernos de esta falta de concreción. Haciendo uso de la libertad, sometiéndola al temor, nos conformamos con la esperanza, que alguna vez, será mejor, o que al menos no sea tan desfavorable, finalmente, en tiempos de crisis, nos terminamos de convencer que en algún tiempo, se vivió peor.
Pero la democracia necesita un guía, un barquero, que vincule el mundo de los vivos con el de los muertos, o en la escenografía democrática, a la que refiere, el campo de los representados con el olimpo de los representantes. No es tan lineal sin embargo, algunas posiciones están invertidas o contra-reflejadas, veamos:
El campo de los representados, de los ciudadanos de a pie, es la vida mundanal, el infierno o la muerte misma, el lugar o destino, es sin duda alguna el olimpo, donde los representantes, viven tal como la democracia promete; con la posibilidad de tener, y sin preocupación acerca de cómo, sino de simplemente, tener la libertad de elegir todo lo que se pueda acumular, sin culpa, ni pecado, ni elemento cuestionador. Se debe cruzar la laguna Estigia o el Aqueronte, para ello, necesitamos vérnosla con nuestro Caronte democrático, que es ni más ni menos que la figura del “transa” del “lobysta”, de quién nos exige, que acordemos, que le paguemos, para que no alerte a los demás de que se trata el juego o la tensión a resolver, asimismo, acuerda, sobretodo, con los que habitan el Olimpo, para que tal lugar no se llene.
El Caronte democrático, es el elemento corruptor que ordena que en “topus uranus”, en el mejor lugar posible para vivir, no se democratice la llegada a tal sitio (de lo contrario dejaría de ser cómodo como atractivo y por ende placentero) pero para ello, debe alentar a que esto sea posible, generar esperanza en el mundo de los comunes, y cada tanto consagrar a uno de estos, llevándolo al olimpo. Asimismo, para fortalecer el circuito, el Caronte democrático, trae de tal olimpo, a alguno que otro, a una especie de isla, llamada justicia, en donde supuestamente es condenado, o bajado, para que en ambos mundos se crea que existe una suerte de equilibrio.  
El Caronte democrático, actúa mediante el cobro, solapado, dado que necesita que se concrete, mediante el bien material específico y determinado (por lo general siempre son valijas o bolsos rebosantes de billetes) todo aquello que la democracia (histérica) jamás cumplirá. Algo se tiene que cumplir y es esto mismo, la escasa (y que perversa como funcionalmente, se promete como amplia y múltiple) movilidad entre los mundos separados y distantes.
Los mundos, abismales, agonales, a los que dialéctica como seductoramente, la democracia evita que se distingan y que cada tanto une, vincula, a través de los llamados actos de corrupción, que en el fondo no son más ni menos que las poco frecuentes veces, que se convierte en realidad el intercambio de habitantes entre mundos tan equidistantes, como ferozmente opuestos y controversiales.
La corrupción, no es una deformación o desviación de un sistema político determinado (la democracia), ni tampoco un mal o un síntoma cultural. La corrupción es el reflejo de la laguna Estigia o el río Aqueronte, en donde no podemos ver nuestra propia imagen corrompida, pero sí la del otro, tal como sucede con el deseo de estar en el lugar en el que no estamos y de allí la necesidad de un guía, de un barquero, al que, naturalmente, debemos pagar y del que sólo pretende de nosotros, eso mismo, que le paguemos. La democracia cumple cuando cobra, es decir se traduce como hecho y promete cuando no lo hará, al simbolizarse como expectativa y como posibilidad, siempre como posibilidad, de que las cosas sucedan, por más que solo sucedan, corrupción o Caronte democrático, mediante.


  





14.2.18

Propuesta de reforma democrática; el voto anticipado.


El presente instrumento pretende acrecentar la calidad democrática, en tiempos electorales, generando al ciudadano, la posibilidad de que adelante su voto, el sufragio, el pacto tácito que realiza con sus representantes, a los efectos ulteriores de que el sistema político se adapte, se amolde, a las necesidades actuales de la ciudadanía contemporánea, y no en sentido contrario, como se acostumbra que sea el ciudadano el que se vuelva a adaptar a un sistema que cada vez le exige más sí, pervirtiendo de esta manera la razón de ser una forma de gobierno que se define como la que dimana del pueblo mismo, defendiendo los intereses de este.
Al establecer la posibilidad de un voto anticipado, se conseguirían modificaciones sustanciales, giros copernicanos en la política cotidiana, que al constituirse en concomitantes, complementarias o en paralelo, con el voto o sufragio clásico y tradicional, de ningún modo significara una ruptura conflictiva, una instancia revolucionaria traumática, sino simple y llanamente la consolidación de la democracia misma, resignificando, desde lo electoral su definición histórica como etimológica.
El voto anticipado, permitirá que el ciudadano, en los tiempos actuales en donde considera un valor positivo el compartir sus gustos, preferencias y elecciones, ante sus semejantes, por intermedio de plataformas virtuales o de redes, haga lo propio con su preferencia electoral o política. El voto o sufragio clásico, que en varias aldeas occidentales, sigue amparado por ley, para que se lo respete en su condición secreta, fungió con utilidad hace décadas atrás, cuando las realidades sociales y existenciales no habían sido gravitadas por la explosión del mundo digital y de la cada vez más influyente inteligencia artificial. Sería más que una falta de tino el señalar, como se vio modificada la vida diaria del occidental promedio, de dos décadas a esta parte, más bien, es incomprensible como aún no se haya generado, hasta esta oportunidad, la posibilidad para que el ciudadano moderno, pueda hacer visible, pueda exteriorizar sus elecciones políticas, y en el caso de que lo decida que lo comparte y difunda, tal como lo hace con todos los otros (al menos tiene tal posibilidad) aspectos de su vida que no solo son considerados públicos, sino también áreas o zonas privadas.
El voto anticipado se acendra sobre el valor por antonomasia que brindan las democracias, en crisis, actuales. Sí algo cumple lo democrático, en todas y cada una de las aldeas occidentales en la que se presenta como tal, es que con cierta, normal y respetada, periodicidad, se vota, para elegir gobernantes o representantes. Esta única certidumbre que brinda la democracia actual, llega a tal punto de consecución, que hasta las fechas electorales en muchos distritos se sostienen, totémica como inamoviblemente. Los martes de noviembre, en el norte, como los agosto y octubre en años impares en Argentina, son citas irrenunciables, que rubricadas por la norma y avaladas por la costumbre, se replican en  casi todos los lugares (variando las fechas claro está) en donde la democracia cumple con el único requisito que promete, y mediante tal cumplimiento se sostiene en gran medida como un sistema que respeta y promueve las libertades.
El voto anticipado surge desde la perspectiva ciudadana, como si fuese una flor silvestre es más fruto del azar entendido como necesidad, que producto de un laboratorio académico. A diferencia de teorías y propuestas políticas, realizadas (como pagadas) por intelectuales para el poder reinante, o para la facción pretendiente de tal, el voto anticipado surge a solicitud de la desesperanza y la desazón colectiva que dimana del fenómeno democrático y que paradojalmente nos insta a que democráticamente reformemos la democracia.
El voto anticipado, lograra modificar sustancialmente el eje desde el cual se realizan, frustradamente todos los intentos hasta ahora de dotar de mayor calidad y participación a las democracias actuales.
El voto anticipado permitirá que el tiempo corra del lado, o transcurra en favor del ciudadano y no del sistema, que por más que semánticamente se denomine democrático, atenta contra la democracia ciudadana, tal como está diagramado en la actualidad, en donde se abre, se genera, se insta a una suerte de periodo de caza, en donde la única víctima termina siendo el mismo ciudadano para el que supuestamente se hubo de abrir el período electoral que se constituye en la cárcel en donde perece la libertad política ciudadana.
El voto anticipado fungirá en paralelo con el voto tradicional o clásico, es decir que la existencia del mismo no significará, como expresamos la anulación de lo existente, sino que se da, como una instancia democrática más, para que el ciudadano, en caso de que así lo considere, haga uso de ese derecho que le permitirá, dar a conocer su preferencia electoral, manejar los tiempos políticos a su buen entendimiento y no quedar preso de las estructuras que determinan lo democrático y lo político, y finalmente, contribuir a que lo electoral sea más transparente a nivel financiamiento como distendido y claro a nivel publicitario.
El voto anticipado, en función de lo expresado en esta suerte de versión sintetizada, funcionaria de la siguiente manera que detallamos.
A los noventa de días de finalizada una elección, es decir del último comicio o jornada electoral, se abre un registro, que orbitará dentro del organismo electoral pertinente de cada distrito, en donde los candidatos que pertenezcan a los diversos partidos existentes, como los independientes (es decir que no están afiliados o anotados a ningún partido) se podrán registrar, en forma voluntaria, en caso de que deseen recibir votos anticipados. Bajo un registro sencillo, los candidatos solo deberán inscribirse en la categoría escogida (a diputado, presidente, gobernador) a la que desean presentarse, siendo esta única como inmodificable). Al mes de haberse abierto el registro, el mismo se cierra, dando a conocerse el listado final de los que compiten. El período de recepción de voto anticipado se posibilitará hasta cien días antes de las elecciones establecidas, tradicionales y clásicas, en donde podrán sumarse, todos los candidatos que no hayan hecho uso de la opción de recibir los votos anticipados. El cómputo de sufragios o resultados obtenidos del voto anticipado, formalizará únicamente cómo candidatos efectivos, es decir que puedan conmutar como votos traducibles en la elección final, a todos aquellos que superaron en cantidad el cinco por ciento de los votos totales anticipados emitidos. Los ciudadanos que hayan hecho uso de la opción del voto anticipado, así finalmente sus candidatos no hubieran  de lograr el cinco por ciento, no podrán volver a votar, dado que el voto seguirá siendo único, posibilitando solo, el hacerlo tiempo antes de la elección o en el modo tradicional y clásico en el momento mismo.
Todos los ciudadanos que no hayan hecho uso de la opción del voto anticipado, votarán el día de la elección tradicional, en donde podrán votar o sufragar por los candidatos que hubieron de haber superado el porcentual de cinco por ciento, teniendo la cantidad de votos anticipados obtenidos como piso, como por los candidatos que decidieran no hacer uso de esta opción (estará en ellos el de establecer sus respectivas conveniencias, la posibilidad está dada para que elijan desde su buen entendimiento) y en caso de los cargos ejecutivos, ganará quién obtuviese la mayor cantidad de votos sobre los totales, es decir los anticipados y los clásicos. En caso de los cargos o lugares legislativos, se distribuirán las bancas o espacios, por el sistema de representación que impere el distrito (D´Hondt o el que fuese) y la cuestión partidaria o partidocrática, será determinante más luego, en  el ejercicio propio de la representación y no antes (es decir se supone que los que se presenten por un mismo partido tendrán una comunión de ideas o empatía que sólo será comprobable en el hipotético ejercicio sí es que llegan más de dos de una misma expresión política).
Finalmente y más allá de todas y cada una de las adaptaciones o ajustes que se puedan realizar al voto anticipado, destacamos, finalmente, esta condición de personalización que le brinda al votante esta irrupción del voto anticipado, más allá de todo lo narrado, también podrá votar por la candidatura o el candidato que desee (y no condicionado por listas, por anexos, por decisiones partidarias previas), en una nueva y cabal muestra más, que esta propuesta promueve e insta a que sea el sistema el que se amolde a la decisión del ciudadano y no viceversa, en tren de una restauración de lo democrático, desde su semántica, su etimología, su valoración, su conceptualización, su adaptabilidad y las condiciones de libertad política que debiera generar al solo mencionar su nombre que con propuestas como la presente se consuman en grado sumo.

Por Francisco Tomás González Cabañas.
También autor del; voto compensatorio, gabinete ciudadano, cupo generacional, índice democrático y demás propuestas de reforma electoral, democrática y redefiniciones de la política y sus categorías.

   

24.11.17

La democracia imperial; caso Honduras.


Las elecciones presidenciales que tendrán  un ejército de observadores internacionales para legitimar el proceso, contarán con la peculiaridad que el actual primer mandatario (Hernández) podrá ir por su reelección, gracias al poder judicial de su país (al que obviamente se encargó de modificar o conformar) que, manifestación leguleya más o menos, pulverizó la disposición constitucional que impedía la reelección. Ocho años atrás, otro Presidente (Zelaya) hubo de ser destituido por pretender la misma reelección, a la que, a la luz de los resultados, busco en aquel entonces por la vía incorrecta; pretendió un plebiscito habilitante (algo que llevó a cabo Morales en Bolivia y de lo que se está arrepintiendo tras sus resultados) en vez de ir por la senda adecuada; fallo judicial y cobertura mediática-comunicacional. Desde los sectores que pretenden institucionalidad democrática en Honduras, se acuño la expresión de “Democracia imperial” sucede que sienten y padecen, que además de tantos vejámenes, serán víctimas también del europeísmo que los colocara este domingo de elección, como el cobayo de laboratorio, pasible de experimentos de politólogos que ven democracia en lo electoral, que observan división de poderes al encontrar siempre un legislativo que adscribe, con vicio ratificatorio, cualquier empresa que dimane de lo híper-ejecutivos y como siempre, olvidan, en el sentido heideggeriano, que lo radicalmente importante y decisorio, orbita en el judicial. Tal como lo describiera Foucault en sus conferencias, traducidas a libro “La verdad y las formas jurídicas”, el poder judicial nace y se entrona como la mano militari del emperador, del gobernante, que luego devino en ejecutivo y que revolución francesa mediante, se apelmazó, se travistió en un supuesto poder transparente, democrático e institucional, cuando en verdad representa la faceta más caramente oprobiosa del poder entendido como un ejercicio violento y radicalmente autoritario.
Si alguien tuviese la posibilidad de repasar las tesis o los congresos en las diferentes facultades de humanidades, que traten acerca del poder judicial, a diferencia de los que versan sobre los restantes poderes, no habría dudas de que aquel es el menos observado, tratado y por ende, criticado o cuestionado. Ni que decir de los medios de comunicación, pero este accionar es mas entendible, tal vez los criterios de distribución de pauta publicitaria debieran ser fijados y luego  administrados por el poder judicial de cada localidad, la historia de los relatos mediáticos y por ende los relatos políticos, cambiarían drásticamente (habría que ver a favor de quién).  Posiblemente el autor del “Espíritu de las leyes”, o el hacedor de nuestra concepción de la división de poderes, como los contrapesos necesarios para una institucionalidad adecuada y correspondiente, haya prestado un gran servicio para ello también al relatar las formas en que desde Roma se administraba la justicia, propiciando con ello, que desde la formación en derecho se estudie el derecho romano, como el fundamento mismo, desde donde continúa el extraño privilegio de quiénes se dedican a las leyes (académicamente) de tener la posibilidad de formar (en sus jerarquías) parte de un poder del estado, del que no pueden formar parte nadie que no tenga credenciales académicas acreditadas en este saber. Esta característica, sumamente facciosa y controversial, es sin embargo, muy poco cuestionada o visibilizada, a nivel teórico, práctico o mediático, nos hemos acostumbrado, extrañamente, a que la conformación de un poder del estado, el judicial, sea bajo principios, paradojalmente, injustos. Montesquieu, al hablar del espíritu de las leyes, narra no solo los aspectos históricos, tipificando los casos en una cuestionable trilogía de la politología, de la república, la monarquía y el despotismo, sino en sus razones físicas, en donde plantea, excentricidades antropológicas cómo la que formula al expresar que en los lugares de temperaturas más frías los ciudadanos son más afectos a cumplir la ley que en las zonas en donde el calor apremia. Pero en donde está haciendo germinar, la perversión que apoya aquél apoderamiento por parte de los facultados en derecho de un poder del estado, es en dotar de espíritu a las leyes, desde su propio título y habilitar la exegesis, la hermenéutica y la interpretación de construcciones que son afirmativas, apofánticas. Es extraño que aquí tampoco, se haya cuestionado desde la lógica formal al menos, que se pueda  realizar esto mismo. Sí las oraciones que afirman o niegan algo, en un contexto positivo cómo el del derecho, pueden, ameritan y se propician como de interpretaciones interminables, entonces estamos perdidos. Tan perdidos, como en verdad lo estamos, y lo señalan todos los estudios de opinión pública en las distintas comunidades de occidente, en relación a la poca credibilidad que posee el poder judicial o lo poco que se corresponde con un servicio que brinde o garantice justicia. Este poder, que insistimos, ha sido tomado por una facción de la sociedad, a contrario sensu, incluso de quiénes en parte han propiciado esto mismo (citamos a Montesquieu también cuando afirma que la posibilidad de juzgar reside en la selección circunstancial de ciudadanos no atados a profesión) se fue forjando, en razón de esta perversión capital que se hacen de los juicios lógicos. Este laberinto, de supuestas interpretaciones de interpretaciones , que llevan a apelaciones y a la generación de más tribunales que supuestamente discuten, bizantinamente, abstracciones inentendibles de procedimiento, no hacen más que dilatar el pronunciamiento de la justicia, pagando onerosos sueldos a funcionarios judiciales para que den vueltas semánticas o procedimentales, para justificar los ingresos, dimanados de ciudadanos a quiénes se les priva del servicio de justicia que les corresponde. Las interpretaciones de la ley, las exegesis ad infinitum y las exposiciones catedráticas acerca de lo que quiso expresar el legislador (es decir quién construyo la ley, que el judicial sólo tiene que aplicar) debería estar acotado al campo literario, filosófico, de competencia o de interés para quiénes así lo deseen y manifiesten. Sin embargo, en uso y abuso del supuesto espíritu de la ley (ya lo expresamos cuando Montesquieu se puso a pensar sobre el contexto, escribió que la ley se cumple más en los lugares donde hace frío…) se consolidó esta burocracia judicial, este laberinto de expedientes, de papelerío absurdo,  de perspectivas, de marchas y contramarchas, de manifestaciones irresolutas, que al único lugar que nos hacen arriba es al axioma planteado por Séneca: Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía. Claro que esta justicia tardía, conviene a la facción que administra justicia, pues, en sus prerrogativas simbólicas, además del trato de Majestad, como en los tiempos imperiales, la mayoría de los jerarcas del poder judicial gozan de prerrogativas como el no pago de impuestos, la no obligatoriedad de jubilación y el cobro de sueldos u honorarios que siempre son sideralmente superiores que los que puede percibir un maestro o educador (lo ponemos como referencia, pues el propio Montesquieu en la misma obra dedica un capítulo aparte para dar cuenta de la necesidad, sobre todo en las repúblicas de la educación de los ciudadanos: “En el gobierno republicano es donde se necesita de todo el poder de la educación”).

Tal vez la disolución del poder judicial sea un camino. Sin embargo, la existencia de conflictividades entre ciudadanos y los ciudadanos y el estado, continuaría existiendo, por tanto el sendero tendría más razón de ser, sí lo dotamos de una institucionalidad republicana, que se corresponda con la realidad y no simplemente con una argumentación proveniente de una vieja teoría de división de poderes, enmarcada en la necesidad de aquel entonces, por la revolución planteado por los descubrimientos de Newton, principalmente su teoría gravitacional. Esta suerte de necesidad de que los “astros estén alineados” (usado en la actualidad por diferentes comunidades para expresar vulgarmente, que todo este ordenado como debe estar o como nosotros creemos que debería estar) generó la posibilidad, que a nivel político, las compensaciones estén alineadas en una tríada, destacando la importancia ritual y simbólico del tres en la cultura occidental, desde la concepción del padre, la madre y el hijo y luego sus ritualizaciones en el campo religioso.
En todo caso, la política, es decir los políticos entronizados en el poder, deben encargarse de la justicia, de lo contrario, seguirán sometidos a ella, como potenciales víctimas (en tal caso o cuando detentan el poder, victimarios) o como víctimas directas cuando, elección mediante, el poder se les filtra de las manos, por las razones propias del poder. El caso Odebrecht nos exime de mayores ejemplos, estableciéndose quizá como la comprobación de todo lo expresado. El verdadero poder, anida en el poder judicial, que bajo máscaras democráticas, se manifiesta de la forma más brutal, discrecional y barbárica, allí en donde necesite ratificar la lógica enfermiza de que el poder no puede ser administrado, gobernado, manejado o gerenciado por la política.
Sí los políticos siguen pensando en términos electorales, sin comprender que están allí, sea por actuación o por no actuación judicial, cuando se den cuenta, estarán fuera del poder y probablemente en la cárcel.
Se necesitan tanto o más análisis, reflexiones, cuestionamientos, como propuestas de cambio del poder judicial, como elecciones libradas, para que tengamos un camino más eminentemente democrático.






19.11.17

El gran otro de la justicia.


“Cuando una persona le hace daño a otra, la empuja dentro de un laberinto. A partir de ese momento, las murallas encierran a la víctima. Pero en el laberinto no está sola. El culpable del hecho también está adentro. A partir de ese momento la víctima y el culpable quedan unidos. Víctima y culpable comienzan a caminar los pasillos angostos, y quizá perpetuos, de un laberinto compartido” (Sivak, A. “El laberinto y el perdón.”)
La autora narrará luego, metáfora del minotauro mediante, qué precisamos (además del hilo  de Ariadna) para salir del laberinto del dolor y es aquí en donde el soslayar de la justicia, pasa, o nosotros lo hacemos pasar de lo individual (es decir del perdón que le podemos otorgar individualmente al que nos dañó y la necesidad social que tal castigo o punición representa para un colectivo,  a modo de que crea o construya ejemplaridad) a la institucionalidad toda en donde orbita la necesaria saciedad de justicia, que este fijada, en la ataraxia de lo normativo, de la ley y no en el capricho de quién la pueda poner en práctica, imponiendo o supeditando sus juicios individuales (por más que sea considerado juez) por sobre lo que el común establece o entiende como sentido común (valga la redundancia) o consensuado.
Al referirnos  al  gran otro, lo hacemos para referenciar la definición psicoanalítica que propone: “El gran oro designa la alteridad radical, la otredad que trasciende la otredad ilusoria de lo imaginario: no puede asimilarse a través de la identificación. Lacan equipara esta alteridad con el lenguaje y la Ley; por ende, el gran Otro está inscrito en el orden simbólico” (Ref: http://www.psiconotas.com/el-gran-otro-830.html)
La ley estipula y es estipulada a su vez en un conjunto de procedimientos, que bien podrían traducirse como la metáfora de un laberinto, símil al cretense, en donde los victimarios son conducidos a tal lugar para ser victimizados y en el caso de que los procedimientos, mecanismos o fallos, fallen para tal cometido (es decir para hacer justicia institucional, sometiendo al victimario) que todos los observadores o ciudadanos parte, lo único que reclamen es la sed de justicia (maridada de venganza y ejemplaridad) para que todo el transgreda la ley, tenga como destino único el laberinto, y sí en tal transgresión, lastimó, daño o mató, debe ser cruelmente vejada por el minotauro (por otra parte no existe casi otra posibilidad una vez dentro del laberinto).
La justicia entendida en estos términos no está concebida para resarcir, como prioridad a las víctimas, sólo en una instancia muy aleatoria como secundaria. La justicia entendida como este gran otro (aquí pasamos de la lectura psicoanalítica a la política) se construye para saciar la necesidad del poder político que legitima quiénes son los que escriben la ley, quiénes los que la ejecutan, y finalmente los que deben cumplirla, a riesgo de no hacerlo o hacerlo del modo que no es de agrado de ese gran otro político de meterlo, dentro del laberinto de la institucionalidad. Para ser ajusticiado, pero no para emitir o dictaminar justicia, por más que le corresponda o no por el crimen, sí es que no ha o no cometido, en cada caso.
El gran otro político constituyó el laberinto punitivo de la justicia para legitimar a todos y cada uno de los integrantes del poder que lo único que no pretende es que se le arrebate el cetro desde donde disponen que las cosas tal como las dicen, es decir el maridaje entre lenguaje y ley del que hablaba en términos simbólicos, Lacan.  
Finalmente el Teseo, que sí bien para nuestro ejemplo aún no ha logrado salir del laberinto, pero viene constituyendo una actuación de lo justo, desde una posición axiomática y casi de improvisación, es la concreción de espacios (sobre todo virtuales o digitales) en donde desde la primigenia figura del escrache (de reminiscencias nazistas) hacia un victimario que la justicia institucionalizada, no penalizo o no trato, hasta lo que empieza a emerger como una búsqueda, que en los márgenes de ese poder, que posibilite libertad, todos los que busquen justicia, tengan la posibilidad, antes o mucho más allá de señalar, de vindicar y caracterizar (para luego agredir) al victimario, otorgarle la posibilidad de volver a ser humano, perdonándolo.
Sí bien no es sencillo, ni expresarlo en palabras, lo cierto es que, construir otro laberinto, saliendo por arriba (a decir de Marechal) dado que el laberinto (cretense como Kafkiano) de los procedimientos institucionales que nos tendrían que dar justicia, no están para ello (son el gran otro del poder), tiene como paso necesario e indispensable el hacer público los casos que consideramos injustos y no tamizados por esa justicia formal. El segundo paso, es que el hacer público de todas esas situaciones, no nos lleve a una instancia de mero escrache, de agresión sesgada, sino que el poner en evidencia la necesidad de justica, plante lo conceptual, que además de la redención, en nuestra calidad de víctimas podamos ser capaces de otorgar el perdón, entendiendo a ese otro, no como un gran otro del poder, sino como otro-mismo, que hace a nuestra constitución humana.
“La historia (al menos lo que Heidegger y posteriormente Derrida, han llamado la historia de la metafísica occidental) no  sería más que el espacio mítico en donde las sucesivas articulaciones de dos voces, la voz dominante y oficial de la divinidad, simbolizada en boca de los profetas y la voz subversiva y excéntrica de los muertos, simbolizada en el vientre de la pitonisa no dejan de definir y redefinir lo humano” (Prósperi, G.O “El profeta y el ventrílocuo).  
La clave de lo laberíntico de lo humano y de la edificación de ese gran otro constituido en, también lo laberintico de la justicia, podría estar en la figura de Ariadna, a quién Nietzsche le dedico un poema “El lamento de Ariadna” que finaliza así:
Sé juiciosa, Ariadna...
Tienes oreja pequeñas, tienes mis orejas:
¡mete en ellas una palabra juiciosa!
¿No hay que odiarse primero, si se ha de amarse?...

Yo soy tu laberinto...

3.7.17

¿Qué hacer ante una elección o jornada electoral?

Sí todos los que estamos obligados, o condicionados, o incluso invitados a votar, transgredimos tal norma, la disposición, desistimos de la invitación en un porcentaje mayor al usual (que siempre es del 20 o en su defecto 30% de iconoclastas) alcanzando un 50% (es decir una mayoría en términos democráticos), entonces y de hecho, tal elección, carecería de legitimidad y de allí se podría ganar seriamente la legalidad de tal comicio y de tal resultado. De más está decir, que sí se alcanza esa mayoría, la transgresión dejaría de ser tal y se convertiría en norma triunfante y el ordenamiento político se vería impelido a replantarse algunos de sus aspectos basales, que no son abordados, porque quiénes se les oponen dado que; o no piensan o sólo quieren ser como los que critican.
El aspecto es mucho más sencillo de lo que parece. Tal vez oculta en muchas palabras intrincadas, lo cierto es que la legitimidad política siempre, de un tiempo a esta parte, se pone en cuestión, pero nunca llega a la instancia de perforar, de percudir, la legalidad. En Argentina semanas previas al acabose del diciembre del 2001, la elección nacional legislativa acusó un índice de ausentismo, cómo de voto nulo o castigo que presagiaba, precisamente lo desopilante de los cinco presidentes en una semana  y la veintena de muertos por protestas y desmanes. Desde aquel entonces, tal desgarramiento, entre el tejido que sostiene a representantes con representados, no ha sido reconstituido del todo. Cómo si hubiese sido también  una suerte de endemia institucional, desde ese entonces (otros analistas refieren el inicio en Chiapas, México a mediados de los ’90) vienen sucediendo estallidos sociales semejantes, que tienen como eje, como foco esta temática que abordamos.
Esta falta, se debe, a muchas causas, pero podemos señalar una tal vez, no tan trillada. La cobardía del pensamiento, o de los pensadores, enfocados en lo político, para trabajar esta grave causa. Desde aquel entonces, fue mucho más sencillo, que de un lado de la avenida estuvieran los que vitoreaban a los sentados a la izquierda o la derecha de la asamblea nacional francesa que tradujo, como universalidad, la fantochada de que los humanos debemos propender a ser libres, iguales y fraternos.
Palabras más o palabra menos, semántica populista, progresista; centrista o cómo se la quiera llamar en esos debates que siempre nos conducen a los mismos libros y las mismas experiencias de los siglos XIX y XX en el continente Europeo. Desde donde escribimos, de nuestra parroquialidad, que sin embargo se hace vecinalidad, crece y se extiende como latifundio indómito, conformando una regionalidad o continentalismo que abraza océanos, pues  y próximos a 40 años de plena democracia a sedimentar, cuando no aumentar, nuestros índices de pobreza, de marginalidad y de pérdida de calidad de vida, indistintamente de quiénes nos gobiernen o bajo que banderas, expresiones o partidos y  mucho más allá de fronteras geográficas o mapas trazados.
Ante la pregunta que podríamos arriesgar de porque un porcentaje determinado de ciudadanos no acude a emitir su voto, o al hacerlo anula su voto, lo desecha expresamente; la respuesta más acomodaticia, o que consagraría el supuesto sentido común, es que aquellos que no votan, transgrediendo la obligatoriedad (sea normativa o moral, recordemos la máxima Griega de Idiotas para los que no participaban en los asuntos públicos que se presenta como referencia en aquellos lugares en donde el votar es optativo) son automáticamente representados por quiénes sí cumplen la normativa y por ende, ceden su representatividad a esa mayoría que sí emitió el sufragio. Este principio democrático, de que los números mayoritarios consagran la representación (como lo señalamos en otros artículos, este sistema se centra en el triunfo por sobre el otro, no en la representación, sí no, los vice, presidentes, gobernadores o intendentes, serían o deberían ser los segundos más votados detrás del ganador) tendría entonces que respetar, el hipotético caso que se logre una mayoría ciudadana, que haga política, instando a la ciudadanía que el día del comicio, de la elección, en un número mayor al 50% de los habilitados a votar, no concurra a hacerlo.
En lo que podría constituirse en la maduración de la clase política, tendríamos a quiénes planteen esto mismo, la auténtica validación del sistema político, que quedará como tal o en caso de ser derrotado, con sus propias armas se convertiría en régimen.
Esto, a contrario sensu, de lo que siempre pueden pensar y mal, los amigos que la están pasando bien con la política, sería más que beneficioso, pues en caso de que prevalezca la continuidad, la no modificación, es decir que pese a que muchos hagan campaña por no ir a votar, la gente asista en un número mayor al 50% (como si fuese difícil además esto mismo, teniendo los recursos de un estado que posee en los diversos lugares en donde existe democracia liberal números amplios o ampulosos de pobreza) los liberaría de sus culpas, de sus ocultamientos y de sus gobernanzas con excesos incluidos.
Es decir en caso de darse tal elección en tales términos (sí el 50% de los habilitados a votar no asiste a hacerlo, el sistema político-institucional debe ser replanteado, o al menos tal elección declarada ilegítima y por ende ilegal) los ciudadanos, no tendrían razón de continuar cuestionando a sus políticos, es más tendrían los políticos, por ejemplo, derecho a cobrar más impuestos y gastarlos en más nombramientos en seguidores y amigos, para ponerlo en términos categóricos.
Finalmente, y en caso de que no pueda establecerse este escenario, igualmente respondimos este interrogante, tal vez, algunos de los que no asiste a votar, lo hace razonando de la siguiente manera: “Es necesario que haya un sector que gobierne, una aristocracia natural, que se fundamenta en la propiedad y en el talento” (Burke)… La distribución equitativa del poder, para Burke, simplemente no existe. Si ningún hombre puede ser juez de su propia causa, si ha renunciado a fallar en su propio interés, tampoco puede ser gobernante por sí mismo. Si para obtener justicia hay que renunciar al derecho de tomarla por cuenta propia, ¿por qué no asumir, como signo de libertad, que otro hombre tome decisiones pertinentes por nosotros? http://www.fundacionfaes.org/file_upload/publication/pdf/20130423222146edmund-burke-y-la-ciencia-de-la-politica.pdf
La política se hace con lo que está en el fondo del corazón. Por eso, los que ven sólo contratos no son aptos para ser hombres de Estado. Los contratos tienen siempre un sentido ocasional y por lo tanto pueden siempre disolverse voluntariamente. Los contratos no se pueden aplicar a la vida de un Estado, que no es una asociación para el comercio de la pimienta y el café, el algodón o el tabaco. Un Estado no es un negocio, no puede ser disuelto al antojo de las partes contratantes, ni mediante escritura pública elevada ante notario. Para llegar a ser un Estado no basta tener intereses en común. “Como los fines de una asociación así no pueden obtenerse ni siquiera a lo largo de muchas generaciones, la asociación llega a ser, no sólo entre los vivos, sino también entre los vivos y los muertos y los que están por nacer” (Burke, Edmund (2003): Reflexiones sobre la Revolución en Francia Alianza, Madrid, p. 155).
En tren de esta argumentación, podríamos agregar el escenario, que ideamos a los únicos fines de reestablecer la vinculación entre representantes y representados, que elijamos a nuestros políticos, a quiénes nos representan, por plazos más extensos, mas continuados, diez o quince años, con esa cláusula, sí, de que sí no vamos el 50% más uno de los habilitados a hacerlo, se reparte y se da de nuevo…
El bien jurídico mayor de cualquier ciudadano ante un derecho colectivo es que le sea garantizado una vida en democracia, y cuando esto no ocurre, el mismo ciudadano debe agotar las instancias para llevar adelante este reclamo en todas las sedes y ante todas las instancias judiciales. No podrían objetarse ante esto, cuestiones metodológicas o de fueros, la justicia en cuanto tal, debe preservar y hacer cumplir el precepto democrático por antonomasia que el único soberano es el pueblo, pero la traducibilidad de esto, debe manifestarse mediante un cambio de lo democrático, tal vez redefiniéndolo o disolviéndolo en sus partes más oscuras, lo más democráticamente posible, sería que quiénes pretenden vivir bajo sociedades más democráticas, planteen en sus parlamentos o asambleas, mediante diputados, legisladores o ciudadanía común, proyectos que cambien el eje de las democracias, y que no sólo sea semántica, de lo contrario y tal como lo venimos observando, más temprano que tarde, se impondrá de hecho y no seguramente en forma pacífica o armoniosa, el cambio, nodal, radical y substancial, tan necesario e indispensable.



19.4.17

Creemos ser democráticos.

“Desde una perspectiva de gobernabilidad, consolidar la democracia no equivale, pues, a defender, por ejemplo, el statu quo de un mero turno electoral caudillista o partidocrático en el ejercicio de un poder en gran parte patrimonial, clientelar, mercantilista y arbitrario. Exige promover la evolución o cambio institucional hacia una sistema de representación y participación política que permita el máximo de intercambios entre el máximo de actores. Es por esta vía como la consolidación democrática se corresponde, además, con la eficiencia económica y la integración social…
…Frente a la razón deificada, Hume nos propone quedarnos con la "creencia", es decir, en un cierto sentido del mundo producido a partir de la reflexión sobre nuestras percepciones imperfectas de la realidad. Esta reflexión que hace brotar la creencia se debe a la imaginación y puede ser siempre socavada por la razón. Nuestras creencias no proceden de la razón, sino de la imaginación. Al reflexionar imaginativamente y construir un sentido para nuestro mundo no sólo expresamos nuestras percepciones racionalizadas sino que las ordenamos valorativamente. Mediante la constante aplicación crítica de la razón a nuestras creencias fundamos el espíritu de tolerancia y evitamos todo dogmatismo. Una asociación política fundada en un sistema de creencias tiene la doble cualidad de superar el dogmatismo y de reconocer el papel de las valoraciones éticas en la reflexión o imaginación que funda las creencias…
Para Adam Smith el fundamento de la sociedad no se encuentre ni en la mano invisible, ni en los empresarios ni en la riqueza, sino en la justicia, el derecho y la ética: 

"...cuando prevalece la injusticia la sociedad necesariamente se destruye. La beneficencia es un ornamento que embellece, no el fundamento que soporta el edificio, y por ello sólo basta con recomendar que se adopten conductas benéficas, pero no hay que imponerlas. Por el contrario, la justicia es el principal pilar del edificio. Si se la quitara, todo el inmenso tejido de la sociedad se rompería y quedaría sólo en átomos. A efectos de cumplir con la justicia, la naturaleza ha puesto en el corazón humano un sentimiento de abandono, de temor al castigo merecido, como la mayor garantía que tienen las sociedades, como protección de sus miembros más débiles, para frenar la violencia y para castigar al culpable...
http://www.uoc.edu/web/esp/art/img/spacer.gif
Lo verdaderamente relevante en términos de desarrollo no es de todos modos el juicio o la valoración moral -cuya ausencia es en cualquier caso grave-, sino la práctica individual y social de principios, estándares y normas más elevados éticamente. En todas las sociedades se produce una tensión entre el nivel normativo y el nivel práctico de nuestros juicios éticos. Nunca nos acabamos de comportar socialmente del modo que consideramos que deberíamos comportarnos todos en beneficio tanto propio como del común. Esta tensión puede resultar extraordinariamente creativa en un contexto de pluralismo valorativo y de sociedades abiertas a la experimentación y el aprendizaje…
…Pero el "hagan lo que yo digo y no lo que yo hago" puede alcanzar extremos socialmente patológicos enervadores del desarrollo. Así tiende a suceder en sociedades como las nuestras tan fuertemente impregnadas por la "informalidad". Entre nosotros las reglas generales formales acerca de los comportamientos correctos e incorrectos tienen que coexistir con las reglas igualmente generales e informales institucionalizadas en lo que llamamos clientelismo, prebendalismo, patrimonialismo, mercantilismo... Esto explica el doble juicio moral, normativo y práctico, con el que corrientemente nos manejamos tal como por lo demás expresan las encuestas y estudios sobre cultura cívica y política. Por ejemplo, valoramos negativamente el clientelismo y el prebendalismo, pero manifestamos comprensión y hasta permisividad respecto de su práctica. Esto se debe sin duda a que los consideramos instituciones informalmente tan arraigadas que no está en el horizonte su sustitución o superación, por lo que nuestra estrategia vital debe desarrollarse dentro de ellas…
…Necesitamos políticos emprendedores en el sentido expresado por Spinoza, Flores y Dreyfus, es decir, políticos capaces de captar "desarmonías" en las prácticas sociales, vivir intensamente estas desarmonías como un problema de identidad o sentido vital y actuar como generadores en un espacio colectivo determinado de un proceso de transformación de prácticas sociales que producirá nuevas identidades, significados y reglas. Los verdaderos emprendedores tienen fuerza para hacer historia, superando todos los costes de incertidumbre inherentes a su tarea, porque viven la desarmonía que descubren y deciden vivir para superarla transformándose a sí mismos y al espacio colectivo en el que actúan. Por los citados autores consideran que fortalecer la "emprendedoriedad" no es tanto un problema de conocimientos como de sensibilidad…
…América Latina vive una profunda crisis intelectual y moral. Apenas se atisban proyectos de sociedad distintos a las propuestas de los organismos internacionales -y especialmente los bancos de desarrollo-, convertidos quizás sin pretenderlo en los intelectuales orgánicos de la región. Y, lo que es peor, las anomalías a esta regla asemejan esperpentos construidos con remedos de la peor tradición populista. La crisis moral es profunda también: las democratizaciones falentes, la globalización y las nuevas tecnologías en la mayoría de los países de la región se han correspondido con la pérdida de confianza en las instituciones políticas, bajísimos niveles de confianza interpersonal y en muchos países serias crisis de gobernabilidad. La década perdida reinterpretada desde la agenda neoliberal no alumbró sino la ilusión de un desarrollo reencontrado en la primera mitad de los noventa, cuyo final nos ha despertado a una realidad sobradamente conocida en la que cada vez menos personas pueden creer en proyectos colectivos. El horizonte se llena de rebeliones en busca de causa, de oportunidades en las redes ilegales globalizadas, de huidas hacia la emigración y, por debajo de todo, de mucho dolor humano principalmente concentrado en las mujeres, los niños y los grupos étnicos. Nuestras sociedades, siempre profundamente desiguales, faltas de proyecto nacional creíble, corren hoy un riesgo de fraccionamiento quizás mayor que nunca…”. (Joan Prats i Català. Instituciones y desarrollo en América Latina ¿Un rol para la ética?  http://www.uoc.edu/web/esp/art/uoc/prats0502/prats0502.html)
Esta cita que prácticamente es la deconstrucción de un texto-entrevista que le realizaran a Joan Prats, quién fuera citado y referenciado por el candidato Presidencial Chileno Alejandro Guillier, un considerado “outsider” de la política del mencionado país que tuvo como amago el trunco regreso de Ricardo Lagos y la confirmada vuelta de otro ex mandatario como Sebastián Piñera.
El catalán que investigo la gobernabilidad y gobernanza en América Latina, recostado teóricamente en Hume, desmenuza el encantamiento que genera lo democrático, es decir su capacidad de que es una sensación, lo que queremos creer, pero nunca lo que podrá ser. Prats, apunta con envidiable criterio, sostenido en Smith, que la columna vertebral de toda sociedad es la justicia, definiéndola magistralmente, saldando la deuda de Kelsen con su no respondida cuestión acerca de ¿qué es justicia?, como un sentimiento, al que naturalmente se inclina un corpus social cuando siente que le falta, que le falla o que no lo tiene adecuadamente, corrompiéndose.
La perspectiva, suponemos que dentro de su propia ética, obrando con el ejemplo, que aplica Prats, otorgando un sitial preferencial a América Latina, donde habrá generado además de vínculos laborales y académicos, los otros, los afectivos, nos determina a quiénes habitamos de este lado del océano a responder tal exhorto, como en otro ocasión hiciera, en particularidad otro notable español, Ortega y Gasset con el “Argentinos a las cosas”, de hecho lo recoge, el candidato presidencial Chileno.
Candidato que más allá de cómo le vaya electoralmente, seguro que representa lo expresado por Prats de la necesidad de políticos emprendedores, creativos, captadores de desarmonías, que apuesten más a la sensibilidad, que a la razón cientificista que nos da como resultados los desastrosos números de marginalidad y pobreza, de los cuáles al menos, deberíamos reaccionar en nombre de esa sensibilidad, a la que apela Prats, y que nos hace humanos.
Captar tales desarmonías, hacer política desde una doctrina cibernética, también es enviar estos artículos, para que sean desechados en los ámbitos que los desechan sistemáticamente, ámbitos sí no opresivos, colaboracionistas, con este mundo vaciado de la sensibilidad que favorece, avala y promueve, índices tan altos de marginalidad y pobreza, por más que la quieran disfrazar con discursos didácticos, pedagógicos o con investigaciones académicas sometidas a doble referato ciego.



16.4.17

Turquía siempre estuvo cerca.


Geopolíticamente, Occidente necesita, en grado sumo e imperioso, redefinir sus límites, estableciendo con ello, nuevas pautas de convivencia que dignifiquen la razón y el sentido mismo de la humanidad. Encontrar la distancia exacta para no fenecer por el frío extremo, impulsado por la crudeza de la supervivencia en solitario, antes que ser pinchado por la proximidad de la espinas del otro, era el dilema que debían resolver los erizos, tal como magistralmente lo anatematizo  Arthur Schopenhauer. Sería un reduccionismo absurdo el volver a sentenciar que los límites geográficos son imaginarios, pues ya han pasado de la realidad a la híper-realidad. Sí queremos concebir a la política mundial, subdivida en lo que los geógrafos llaman continentes, estaremos haciendo geografía, no política, mucho menos, filosofía política con un sentido geopolítico.
Tanto África como Asia, o Eurasia ya están en Europa. Europa huye de sí misma, y un poco hacia América o Latinoamérica, que en verdad son lo mismo.
Sí de algo pueden servir las llamadas crisis migratorias, las extensiones de los estados de excepción como son los campamentos de refugiados o hasta incluso el dolor de las víctimas, reales como potenciales, de la irracionalidad terrorista, es que nos debemos como humanidad, el volver o tal encontrar de una vez, al menos falsa o eidéticamente, un frontispicio (término escogido por su vinculación con el concepto de frontera, como límite de lo limitante) en donde lo otro, no tenga que ser necesariamente un objeto a conquistar, a convencer a someter, ni tampoco, en el afán de no hacerlo, convertirnos en objeto de eso otro. Ni infierno, ni cielo. Las democracias occidentales nuevamente encuentran en la vieja Constantinopla su límite que puede ser el principio del fin de un nuevo comenzar.

 “Es increíble como un pueblo, en cuanto está sometido, cae tan repentinamente en un profundo olvido de la libertad, tanto que no puede despertarse para recuperarla, sometiéndose tan fácil y voluntariamente, que se diría al verlo que no ha perdido su libertad, sino ganado su servidumbre. Es verdad que al comienzo se somete obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen voluntariamente lo que los anteriores habían hecho obligados. Por esto, los hombres bajo el yugo, alimentados y educados en la servidumbre,  se contentan con vivir como han nacido sin cuidarse de nada; y ni piensan en tener otro bien ni otro derecho que el que le fue dado, y toman por natural el estado de su nacimiento. (“Discurso de la Servidumbre voluntaria”. Étienne de la Boétie. Pp 38-39. Editorial Colihue).
La única herramienta válida, tanto legal como legítima para que exista la representación, es la manifestación de la voluntad del voto soberano, en el marco de elecciones libres que de tal forma constituyen la democracia expresada en su sentido lato.
Sí hablamos de legitimidad, no sólo debemos hacerlo, diferenciándola, de la legalidad, sino estableciendo una meridiana diferencia entre la legitimidad parcial versus la legitimidad absoluta, la primera que es la válida y la única razonablemente cierta que puede otorgar el ciudadano a sus mandantes y la segunda, la que cree tener el representado cuando absorbe la cesión de la ciudadanía, para luego cometer los latrocinios por todos conocidos, que supuestamente, controla o controlaría, estos excesos, otro poder de un estado constituido que sería el poder judicial, cuyos miembros no son elegidos, paradigmáticamente por el voto de la gente. Esta razón de la legitimidad parcial, podría encontrarse observada explícitamente, en que el ciudadano al delegar su representatividad, lo haga no sólo por el término de una elección a otra, sino también bajo ejes conceptuales, que vayan más allá de lo temporal. Un ejemplo concreto sería que los representantes, no puedan, es decir tengan su legitimidad parcial o vetada, para introducir reformas constitucionales o electorales. Los mismos que conducen el juego, no deberían, asimismo estar posibilitados para cambiar esas reglas a su antojo o discrecionalidad.
La democracia sí ha caído producto de los desmanejos de cierta clase política en un juego maquinal, como lo puede ser una tragamonedas o cualquiera que estipule el azar como factor determinante, debe re-escribirse, re-interpretarse, de lo contrario, sostener que lo político, mediante lo democrático es un juego adictivo de cierta clase dirigente para con las mayorías no tiene razón de ser, pues así como alguien sostuvo que dios no pudo haber jugado a los dados con nosotros, no podemos seguir siendo siervos, de quiénes, muy probablemente, hasta no puedan estar libre de afecciones que les nublen en buen entendimiento.
Partimos desde la triste y penosa convicción que la democracia está en serio riesgo, que la misma, de un tiempo a esta parte, viene siendo horadada, por quienes dicen ser sus defensores y propulsores y son precisamente los únicos beneficiados, materiales, de un sistema que cada vez resulta menos contenedor e inclusivo para las masas olvidadas, apartadas y segregadas. Masas que no invocarán, sí es que no actuamos antes, a nivel teórico y responsable, un consabido derecho a la resistencia y a la revolución, derecho a la desobediencia civil. Sí no actuamos antes, quiénes tuvimos la posibilidad de alimentarnos y leer, las masas, adquirirán cierta uniformidad de criterios de rechazar cualquier tipo de sistema. En términos claros, sobrevendrán no sólo sobre las instituciones, sino sobre todo tipo de hogar o lugar, en donde esté garantizado lo que a ellos se les viene birlando en nombre de la democracia.
Con todas las ganas de estar equivocados, creemos tener una última oportunidad, constituir un último bastión, para que los libros y los papeles no se nos sean quemados, producto de generaciones enteras que vienen haciendo todo lo contrario que dicen pregonar en relación a los caros y sacrosantos principios democráticos. 
Las libertades políticas y en concreto, la libertad de expresión política pueden resultar contraproducentes sí, realmente, incluyen el derecho a la expresión subversiva, es decir, el derecho a la resistencia y a la revolución, el derecho a la desobediencia civil. Este es un tema que siempre ha puesto en difícil aprieto a todos los teóricos de los gobiernos representativos y legítimos.
"El derecho de sedición debe ser respetado, salvo en el caso de peligro claro y presente, el cuál obligaría a restringir las libertades políticas" J.Rawls.
El bien jurídico mayor de cualquier ciudadano ante un derecho colectivo es que le sea garantizado una vida en democracia, y cuando esto no ocurre, el mismo ciudadano debe agotar las instancias para llevar adelante este reclamo en todas las sedes y ante todas las instancias judiciales. No podrían objetarse ante esto, cuestiones metodológicas o de fueros, la justicia en cuanto tal, debe preservar y hacer cumplir el precepto democrático por antonomasia que el único soberano es el pueblo, pero la traducibilidad de esto, debe manifestarse mediante un cambio de lo democrático, tal vez redefiniéndolo o disolviéndolo en sus partes más oscuras, lo más democráticamente posible, sería que quiénes pretenden vivir bajo sociedades más democráticas, planteen en sus parlamentos o asambleas, mediante diputados, legisladores o ciudadanía común, proyectos que cambien el eje de las democracias, y que no sólo sea semántica, de lo contrario y tal como lo venimos observando, más temprano que tarde, se impondrá de hecho y no seguramente en forma pacífica o armoniosa, el cambio, nodal, radical y substancial, tan necesario e indispensable.
Esto mismo se podría lograr bajo elección, tal es la razón fundante de las reformas que proponen los regímenes semidirectos (que mediante consulta popular, permitieron el Brexit) los plebiscitos por autonomías (Cataluña, Escocia) o la reciente elección en Turquía, que cambio de sistema de gobierno (de parlamentarismo a un presidencialismo) por un plebiscito, o por un resultado electoral.
“El simple hecho de que haya elecciones no basta para que estas sean competitivas. Piénsese en todos los instrumentos de que disponen los que están en el poder…Las reglas afectan a los resultados. Incluso pequeños detalles como la forma y el color de las boletas, la ubicación de los lugares de votación, la fecha en que tiene lugar puede afectar el resultado. Por lo tanto, las elecciones, inevitablemente son manipuladas…Hay algunas voces que afirman que en la actualidad estamos asistiendo al surgimiento de un fenómeno cualitativamente nuevo, “El autoritarismo electoral”…El hombre de poder en ejercicio no es necesariamente la misma persona: puede ser un miembro del mismo partido o un sucesor designado de alguna otra manera…”  (Przeworski, A. “Qué esperar de la democracia”. Siglo veintiuno editores. Buenos Aires. 2016). 

“¿Qué son exactamente los autoritarismos electorales? La respuesta pasa por señalar que no son -bajo ningún concepto- sistemas democráticos, aunque permitan a veces un juego multipartidista en elecciones regulares para la designación de los cargos ejecutivos y legislativos. No lo son porque se trata de regímenes que quebrantan los principios de libertad y de transparencia, y que convierten las elecciones en instrumentos de consolidación del poder. Sin embargo, debido a su extraña mezcla de instituciones formalmente democráticas con prácticas autoritarias, estos regímenes no calzan en las categorías tradicionales. Además, estos sistemas suelen presentar un entramado institucional parecido al de las democracias representativas, si bien ninguna de sus instituciones ejerce funciones garantistas ni de contrapeso al poder establecido. Así, en el marco de esta estéril institucionalidad, el único (y principal) sitio de contestación es el de la arena electoral y, por eso, la celebración de elecciones es muy importante. Las elecciones, en este entramado, se convierten en algo más que en un ritual de aclamación, ya que forman parte sustancial del juego político. Por ello, los momentos electorales están cargados de conflicto y tensión, ya que las autoridades quieren seguir manteniendo el control de las instituciones y los opositores quieren arrebatárselo. Es en este marco en el que se produce una dura pelea, donde quienes detentan el poder pretenden controlar la administración electoral y el conteo de los votos, así como limitar los espacios de los partidos opositores y manipular los medios de comunicación… Es en este momento, el de las elecciones, cuando los autoritarismos electorales se juegan su destino, ya que, en función de la capacidad de la oposición de presionar, movilizar y sumar nuevos aliados, se puede impulsar una agenda democratizadora. (Martí Puig, S. http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/autoritarismo-electoral-1304201
“En la actualidad, para juzgar el desarrollo de la democracia en un país determinado, la pregunta que hay que hacer no es ¿quién vota? Sino ¿sobre qué asuntos se puede votar?” (Bobbio, The future of democracy. 1989. P. 157.)
Como usted bien sabrá estimado lector, lo único de más que posee la presente pluma son palabras, pero a modo incluso de abonar la argumentación de este propio artículo, y como testimonio real de la posible existencia del autoritarismo electoral en el que nos encontraríamos subyugados, a modo de preservar la integridad de estas palabras condenadas a la censura por el régimen que se pretende perpetrar en el poder, mediante el viciado y perverso juego, de una aclamatoria de mayorías, solamente dejaremos a las citas textuales que planteen los escenarios de autoritarismo electoral citados.
Solamente nos corresponde hacer la pregunta, como duda, como inquietud, no como inquina, provocación o denuncia. El escarnio, la censura y la segregación, cultural, social y económica del que somos objeto por parte de quiénes se erigen en autoridad, por la ratificatoria de mayorías,  que dan en llamar democracia, no es más que un mínimo costo, nimio e imperceptible, que cada cierto tiempo se le exige a la humanidad, para ver sí es merecedora de contar con la posibilidad de ejercer su raciocinio y vivir en libertad.
“En la extraña combinación de ficción política y realidad, tanto los pocos que gobiernan como los muchos gobernados pueden verse limitados-podríamos decir incluso reconformados- por las ficciones de las que depende su autoridad” (Morgan, E. Inventing the people. Nueva York. 1988).
La autoridad se funda en la razón, de la que nos hubiera gustado prescindir, para siquiera hacernos la pregunta que lleva como título el presente artículo. Ojala que usted tenga una respuesta y sepa qué hacer con ella.

Sí no estamos de acuerdo con nuestros sistemas de organización que mejor que el día de mañana ponerlo en juego para ver si nos salimos del mismo, si lo abolimos. Bueno, esto que era una idea, un ejercicio teórico, ya está ocurriendo, en nuestras democracias occidentales, sí, mediante votación de los ciudadanos.